Abigail había planeado esperar a Rafael para entrar juntos y cruzar por el acceso VIP. Aunque Rafael no tenía invitación, su nombre y su presencia bastaban como pase de entrada.
Sin embargo, la fiesta estaba a punto de comenzar y Rafael seguía sin aparecer. No tuvo más remedio que llevar a Silvia y Gabriela por la entrada destinada al personal.
Una vez dentro del salón, Abigail comenzó a buscar entre la multitud, girando la cabeza de un lado a otro, pero no logró ver ni la sombra de Leonor.
—Esa Leonor seguro vino a entregar algún pedido, la invitación ni de chiste era para ella —comentó Silvia con desdén.
—Sí, obvio. Si ni siquiera terminó la universidad, ¿cómo la iban a invitar a la fiesta de celebración de Finesse D'Or? —añadió Gabriela, rodando los ojos.
Abigail se sintió un poco más tranquila al escuchar a sus amigas. Tenían razón. Finesse D'Or era una de las marcas de lujo más reconocidas a nivel mundial, y la celebración de esta noche se debía a que, hace cuatro años, el lanzamiento de la colección “Piano” revolucionó la industria con su tecnología patentada y un diseño tan original que la convirtió en un ícono de la alta joyería. No solo recibió premios y reconocimientos, sino que también se mantuvo como la más vendida durante cuatro años consecutivos.
—Ojalá esta noche pueda ver de cerca al genio que diseñó la colección Piano… —Abigail abrió los ojos como platos, llenos de admiración y esperanza.
—Dicen que ese diseñador es todo un misterio, ni siquiera se sabe si es hombre o mujer.
—Abi, ya eres parte de Finesse D'Or, ¿a poco no tienes ni idea?
Abigail negó con la cabeza, resignada ante la curiosidad de sus amigas.
—Solo sé que firma como Bellini, pero ni yo ni mi jefa sabemos nada más, de verdad.
...
En la sala privada del segundo piso, Leonor se encontró frente a Peter Wilson.
Peter era uno de los fundadores de Finesse D'Or y actualmente ocupaba el cargo de director ejecutivo.
—Tres años sin verte y cada vez te veo más guapa —dijo Peter, mientras le extendía una taza de café.
Leonor sabía que solo lo decía por cortesía.
Después de tres años de matrimonio, dedicándose solo a las tareas de la casa, sin tiempo para sí misma ni para arreglarse, era imposible que una mujer pudiera brillar más; los días de rutina solo desgastan y apagan el brillo que antes la distinguía.
Y lo peor de todo: su esposo nunca la quiso.

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