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La Reina con Tacones Altos romance Capítulo 21

—Ajá —Leonor asintió levemente hacia Federico. Aunque estaba en pleno pleito de divorcio con Rafael, al final seguía casada.

Tan solo pensar en el divorcio le pesaba. Soltó un suspiro y volteó a ver a Gabriela.

—Solo fui a comer con un colega, nada más. ¿Dónde dice la ley que una mujer casada no puede comer con algún amigo? ¿O qué, sigues atrapada en la época de los abuelitos?

—¿Colega? Si tú eres ama de casa, ¿de dónde vas a tener colegas? —Gabriela soltó la pregunta con un tono burlón.

—Mejor dilo de una vez que era un excompañero, ni para inventar eres buena.

—Excompañeros ni tienes, ¿no? Si ni terminaste la universidad y te saliste a medias.

El descaro de las mujeres en la mesa de al lado era evidente; querían buscarle pelea sí o sí. Federico, al ver la situación, no dudó en defender a Leonor.

—Ya bájenle, ¿no? La señora Vargas ahora es psicóloga en el centro para jóvenes.

—¿Psicóloga en el centro para jóvenes? —Gabriela rodó los ojos—. Y eso, ¿cuánto puede pagar?

—Gabi, mira lo que encontré —interrumpió Silvia, mostrando el celular frente a ella.

En la pantalla, Silvia enseñaba una publicación de vacantes del centro juvenil, sacada de Internet.

—¿Voluntaria? O sea, ni sueldo tienen. Y bien que se anda luciendo.

—Exacto, hasta se pone el título de “maestra”. ¿Ahora cualquiera puede?

Gabriela y Silvia se lanzaban indirectas una tras otra. Federico sentía la sangre hervir, pero sabía que no podía hacer más que apretar los puños de la impotencia.

A Leonor, la verdad, no le importaban las provocaciones de las amigas de Abigail; lo que sí la sorprendía era ver a Federico tan dispuesto a defenderla, con los puños apretados de coraje. Le pareció hasta tierno.

—Sí, sí, puros papeles para lucirse. Nada que ver con el doctorado de Abi, ese sí vale.

Leonor, acostumbrada a que las amigas de Abigail nunca le iban a dar su lugar, solo sonrió y empezó a guardar sus documentos. Pero justo en ese momento, la dueña del restaurante apareció junto a la mesa.

La dueña, una señora japonesa que se casó y se mudó a Puerto Belmonte, hablaba español con dificultad, mezclando palabras en japonés.

En cuanto vio los certificados de Leonor, se le iluminó la cara y empezó a hablar mezclando japonés y español, preguntando detalles.

Leonor entendía japonés, así que respondió en el mismo idioma.

Resulta que el hijo de la dueña estaba preparándose para el examen de psicología, pero había fallado la última vez, así que quería pedirle a Leonor consejos sobre cómo estudiar mejor.

Leonor le recomendó varios libros y le explicó los temas más importantes. La señora se deshizo en elogios: que Leonor era inteligente, guapa y buena persona. Leonor se puso tan apenada que hasta bajó la mirada ante tanta alabanza.

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