Gabriela y Silvia no entendían ni una palabra, pero Abigail y Federico sí comprendían japonés, aunque no sabían hablarlo.
El semblante de Abigail se tornó oscuro.
En cambio, Federico ya veía a Leonor como su modelo a seguir. Jamás imaginó que por hacer un poco de prácticas sociales en las vacaciones de verano acabaría conociendo a una mujer tan impresionante como Leonor.
Al final de la charla, la dueña del local, encantada, cambió al español y le propuso a Leonor invitarle la comida. Leonor, por supuesto, lo rechazó con cortesía.
—Leonor, tampoco tienes que aparentar lo que no eres, —soltó Abigail, fingiendo estar de su lado—. Mira, todos sabemos que andas corta de lana, así que acepta el gesto de la señora y come gratis, no tienes por qué avergonzarte.
Ese tono fingido de preocupación por Leonor solo le revolvió el estómago.
—Señorita Berlanga, ¿acaso nos conocemos tanto como para que sepas cómo ando de dinero? —le respondió Leonor mientras sacaba su celular y pagaba la cuenta.
—¡Uy, uy, uy! —Gabriela no tardó en meter su cuchara—. Mírala, tan espléndida, cualquiera diría que gana millones al año. Pero bien que se gasta el dinero de su marido, ¿o no?
Por un instante, Leonor abrió la boca, pero no contestó. La verdad, ni siquiera estaba usando dinero de Rafael, sino las ganancias acumuladas de años, gracias a las regalías que Peter le había dado.
Aunque cada año enviaba diez millones para tratamientos médicos, la serie de pianos de Finesse D'Or vendía como pan caliente en todo el mundo. Por más que gastara, siempre le quedaba un saldo enorme, algo que para cualquier persona común sería una fortuna imposible de imaginar.
A punto estuvo de aclarar todo, pero Leonor solo se tragó las palabras y, en vez de responder, sonrió con calma.
—Si yo pude encontrar un esposo con lana, influyente y que además quiera mantenerme, es porque tengo mis encantos. Pueden preguntarle a la señorita Berlanga, ¿acaso no le gustaría tener un esposo así?
—¡Leonor!
—¡No te pases!
Silvia y Gabriela se alteraron al instante; sabían muy bien a qué se refería Leonor con ese comentario.
Abigail apretó tanto la correa de su bolso que casi la retuerce. Nunca antes se había sentido tan humillada. La rabia en sus ojos ya no tenía disfraz, era puro odio.
—Rafa, aquí estoy.
Rafael volteó al escucharla y, en ese instante, también vio a Leonor.
De reojo, notó a Federico sentado justo frente a Leonor. Por un momento, sus miradas se cruzaron y ambos se observaron con atención.
Rafael fue directo a la mesa de Abigail y, como si nada, se sentó a su lado.
—Vi tu publicación en Instagram, te notabas muy triste. ¿Te pasó algo? —le preguntó en voz baja.
Leonor, que estaba en la mesa de al lado, escuchó todo con claridad. Así entendió por qué Abigail había tardado tanto en el baño: había ido a llorar para luego publicar algo y llamar la atención de Rafael.
Así que no era mérito suyo haber hecho llorar a Abigail, sino que Abigail lo había planeado todo para que Rafael la viera vulnerable.
—Fue por culpa de Leonor —saltó Silvia, señalando a Leonor, visiblemente molesta—. ¡Ella molestó a Abi!

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