Raimundo y Elvira eran conocidos en su círculo como la pareja de oro. Todos sabían que la Rosa Roja de San Arcadio era la niña de los ojos de Raimundo. Sin embargo, un inesperado accidente de carro tres años atrás lo dejó en estado vegetal, y Elvira desapareció sin más.
En aquel entonces, la familia Castro trajo a Florinda del campo y la obligó a casarse con Raimundo en lugar de su hermana.
Cuando supo que se trataba de Raimundo, el hombre que siempre había amado en secreto, aceptó casarse de todo corazón.
Durante los tres años que siguieron a la boda, Raimundo permaneció en coma. Ella lo cuidó día y noche sin descanso, sin salir, sin vida social, dedicándose en cuerpo y alma a su recuperación hasta convertirse en un ama de casa que solo vivía para él. Y al final, gracias a sus cuidados, él despertó.
Florinda sacó un encendedor y prendió las velas del pastel.
La tenue luz se proyectó en el espejo frente a ella, reflejando la imagen de sí misma como ama de casa: siempre vestida con un monótono vestido blanco y negro, anticuada, sin chispa.
Mientras tanto, Elvira, quien en esos tres años se había convertido en la primera bailarina de ballet, era joven, vibrante y hermosa.
Ella era el patito feo.
Elvira era el cisne blanco.
Y Raimundo, al despertar, había vuelto con el cisne blanco, abandonándola a ella, al patito feo.
Qué ironía. Esos tres años no habían sido más que un engaño para consolarse a sí misma.
Raimundo no la amaba, pero ella sí lo amaba a él.
Dicen que en una relación, quien se enamora primero está destinado a perder. Hoy, Raimundo la había hecho perderlo todo.
Con los ojos húmedos, Florinda sopló las velas.
La mansión entera se sumió de nuevo en una oscuridad infinita.
Justo en ese momento, dos potentes luces de carro iluminaron el exterior. El Rolls-Royce Phantom de Raimundo apareció a toda velocidad y se detuvo en el césped.
Las pestañas de Florinda temblaron. Había vuelto.
Pensó que no regresaría a casa esa noche.
Pronto, la puerta principal de la mansión se abrió y una figura atractiva y elegante, envuelta en el aire frío de la noche, entró en su campo de visión. Raimundo estaba en casa.
La familia Ortega siempre había pertenecido a la aristocracia de San Arcadio. Como heredero, Raimundo había mostrado un talento asombroso para los negocios desde niño. A los dieciséis años, obtuvo una doble maestría en la prestigiosa Universidad de San Lorenzo. Más tarde, debutó con éxito en Wall Street de Nueva York al sacar a bolsa su primera empresa. A su regreso al país, tomó las riendas del Grupo Ortega, consolidándose como el hombre más rico de San Arcadio.
Raimundo entró con pasos largos. Su voz, grave y magnética, tenía un matiz de distancia.


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