—Ve, ve —dijo Ximena con afecto.
Florinda se marchó.
Raimundo se acercó a la cama.
—¡¿A qué has vuelto?! ¡Lárgate de aquí! —le espetó Ximena.
Raimundo sonrió y se disculpó con sinceridad.
—Abuela, me equivoqué. Lo siento.
La actitud de Ximena se suavizó un poco.
—No necesito tus disculpas. ¡A quien realmente le debes una disculpa es a Flo!
—¡Así es, señor! —intervino Ramón, molesto—. Usted se fue corriendo con esa Elvira, y fue la señora quien cuidó de la abuela cuando se desmayó. ¡Parece que usted es el adoptado y la señora la de la familia!
Raimundo se quedó sin palabras.
—¡Y encima empujó a Flo y se golpeó la cintura contra la mesa! Dicen que niño que no llora no mama. No porque Flo no se queje significa que no le duela.
—Señor, hay que tener un poco de conciencia. ¡No puede tratar así a la señora!
Ximena y Ramón se turnaban para recriminarle.
Raimundo no sabía qué decir.
Miró en la dirección por la que Florinda había desaparecido y luego dijo:
—Abuela, ya que estás bien, me voy a mi cuarto.
Raimundo se dio la vuelta y se fue.
Al verlo marcharse, Ximena suspiró.
—Flo es una chica maravillosa. ¿Cómo es que Rai se ha dejado engañar por esa Elvira?
—Señora —dijo Ramón—, cuando estaba inconsciente, no dejaba de llamar al señor. La señora lo escuchó, fue al hospital y lo trajo de vuelta. Aunque no lo dijo, sé que fue para traerlo con usted. La señora tiene un corazón de oro, no quiere que ustedes dos se distancien por su culpa.
Ximena asintió, conmovida. Por supuesto que sabía lo buena que era Florinda.
—Flo siempre ha carecido de afecto, y Rai sabe amar muy bien. Flo lo sabe, y por eso lo quiere tanto, de verdad.
Raimundo, nacido en cuna de oro, era un caballero educado. Sabía cómo amar, como demostraba el hecho de haber malcriado a Elvira hasta convertirla en una mujer caprichosa y descarada.

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