Tras el leve pitido, el sonido de la terminal confirmando la transacción cayó como un trueno en la sala, congelando las expresiones de todos los presentes.
Miraban a Mila con incredulidad, como si lo que acabara de ser cobrado no fueran cien millones, sino su propio orgullo y dignidad.
—¡¿Cómo es posible?! —gritó Paola con voz aguda, señalando a Mila con un dedo que le temblaba de la emoción—. Tú... ¡¿Tú de verdad tienes cien millones?!
Mila tomó la tarjeta negra que César le devolvía con actitud distraída. La hizo girar entre sus dedos y curvó los labios en una sonrisa llena de burla.
—César, cóbrale el resto a la señorita Páez. Estoy segura de que alguien con el nivel de la señorita Páez jamás se echaría para atrás con su palabra.
César se dio la vuelta de inmediato, con el rostro iluminado por una sonrisa falsa de vendedor.
—Señorita Páez, ¿cómo desea realizar el pago de los más de treinta millones restantes?
¡¿Treinta millones?!
¡¿Eso era solo la diferencia?!
Paola sintió que la vista se le nublaba y su pecho subía y bajaba violentamente. No había creído ni por un segundo que Mila pudiera sacar cien millones. Pero ahora, con el sonido de la compra aprobada resonando en el aire, sintió como si le hubieran dado una bofetada ardiente frente a todos.
—¡Pfff!
Mónica no pudo aguantar más y soltó una carcajada.
—Vaya, qué buena persona. Uno compra un auto y le redondean el precio hacia abajo, pero ella decide pagarnos el resto. Mila, hoy debimos haber despertado con el pie derecho, si no, ¿cómo íbamos a encontrarnos con alguien tan inocente... digo, con un corazón tan noble?
Mila enarcó una ceja. Esa actitud silenciosa y sonriente fue vista por Paola como la máxima provocación.
—¡Mila Quiroz, ¿de dónde sacaste cien millones?! —La señaló Elías, con el rostro retorcido por los celos—. Eres una ex presidiaria que acaba de salir, ¿de dónde sacaste tanto dinero?
Mila lo miró de reojo, con una chispa de sarcasmo en los ojos.
—Elías, tendrías que preguntárselo a tu querido padre.
—¡¿Qué quieres decir?!
Elías palideció. ¿Acaso había pasado algo en la familia desde que él se fue de casa? ¿O ese dinero era una compensación que su padre le había dado a Mila? ¡Imposible! Esa campesina no valía cien millones, ¡demasiado honor había tenido yendo a la cárcel por Luna!
—¿Señorita Páez? —A César no le importaban los dramas de la alta sociedad; él solo veía la inmensa comisión que estaba a punto de ganar por vender un auto de ciento treinta millones.
El rostro de Paola estaba rojo como un tomate. Quería morir de vergüenza, no tenía la menor intención de regalar todo ese dinero.
—¡¿Quién está armando un alboroto aquí?!
En ese preciso momento, una voz áspera y ruidosa resonó como un trueno.
Los ojos de Paola se iluminaron y miró rápidamente hacia la puerta. Un grupo de matones enormes y musculosos entró con actitud agresiva. El hombre que iba al frente no era Darío, pero su aura asesina parecía mil veces peor.
—¿Don Carlos?

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