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La Rosa Negra: El Regreso de la Hija Traicionada romance Capítulo 115

Un silencio sepulcral invadió el lugar.

Quienes conocían el oscuro pasado de Carlos palidecieron de asombro. El temido jefe del sur de la ciudad siempre se había caracterizado por su brutalidad y temperamento explosivo. ¿Y ahora se mostraba así de sumiso ante Mila Quiroz y Mónica Centeno? Algunos parpadearon, creyendo que era una alucinación colectiva.

—¡¿Quién se atreve a ofender a la señorita Páez?!

El grito áspero resonó en el ambiente. Todos giraron la cabeza y vieron entrar a Darío, acompañado de sus matones, con una actitud que prometía sangre.

—¿Darío? —Don Carlos se giró lentamente, sus ojos clavándose en él como dagas de hielo—. Fui yo. ¿Qué pasa, tienes ganas de golpearme?

Al reconocer el rostro de Don Carlos, Darío sintió que se le helaba la sangre. Sus rodillas temblaron y por poco cae al suelo.

—¡¿Don... Don Carlos?! ¡¿Qué hace usted aquí?!

—¿Y por qué no habría de estarlo? —se burló Don Carlos con frialdad, lanzando una mirada despectiva hacia Paola Páez—. No me digas que viniste a jugarle al guardaespaldas de la señorita Páez.

Darío escaneó la sala a la velocidad del rayo. Cuando su mirada se topó con Mila Quiroz, las piernas se le juntaron por puro instinto y un sudor frío le empapó la camisa.

*¡Santa madre de Dios! ¿En qué maldito enredo me acabo de meter?*

Él solo quería ganarse un dinero extra haciéndole el favor a Paola, ¡¿cómo diablos terminó chocando de frente con Don Carlos y con esta mismísima encarnación del peligro?!

*No me digas que... ¿la persona a la que la señorita Paola quería darle una lección era a Mila Quiroz?*

Con el rostro pálido como el papel, Darío corrió tropezando y casi arrastrándose hasta llegar frente a Don Carlos.

—¡Darío, ¿qué significa esto?! —chilló Paola, histérica—. ¡Te pagué para que vinieras a respaldarme y ahora te vas al lado del enemigo!

—Señorita Paola, ¿usted está loca? ¿Acaso somos amigos íntimos o qué? —Darío frunció el ceño, adoptando de inmediato una actitud defensiva y hostil—. La otra vez trabajé para usted solo por el dinero, ¡así que no venga a hacerse la de mucha confianza conmigo!

Dicho eso, se volvió apresuradamente hacia Don Carlos, con una sonrisa zalamera.

—Jefe, no me malinterprete. Yo ni siquiera conozco bien a esta mujer.

—¿Ah, sí? —Don Carlos entrecerró los ojos; su voz cortaba como el viento de invierno—. Pero acabo de escuchar que la señorita Paola te llamó para darle una lección a mi patrona.

Darío se estremeció de pies a cabeza, maldiciendo internamente a todas las generaciones de la familia de Paola. ¡Esa mujer estaba demente! Sí, llevaba el apellido Páez, pero solo era de una rama secundaria. ¡¿Qué le importaba a ella el poder de Don Nuno?! Mila Quiroz, en cambio, era la mismísima esposa de Don Nuno, la verdadera señora de la familia Páez. ¡¿Desde cuándo una cualquiera como Paola podía darse el lujo de ofenderla?!

—¡Claro que no! ¡Absolutamente no! —Darío negó con la cabeza con tanta fuerza que parecía que se le iba a desprender el cuello, y luego miró a Paola con furia asesina—. Señorita Paola, ¡qué boca tan sucia tiene! ¡Yo vine hasta aquí corriendo porque me enteré de que usted quería hacerle daño a la señora Mila, y venía específicamente a advertirle que no se atreviera a cruzar la línea!

—¡Tú... maldito...!

Si de sacar a alguien de sus casillas se trataba, Darío era todo un profesional. Esa sarta de mentiras descaradas alterando por completo la realidad hizo que a Paola se le pusieran los ojos en blanco, a punto de sufrir un colapso ahí mismo.

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