—¡Atrápenlo! —chilló Evelyn.
Los guardaespaldas se abalanzaron sobre él, intentando arrastrarlo lejos de la puerta.
—¡Soy un miembro de la familia Centeno! ¡A ver si se atreven! —bramó Víctor, con los ojos desorbitados, tratando de usar su estatus para intimidar a los matones.
Los hombres de seguridad cruzaron miradas, dudando. A fin de cuentas, era un joven amo de la familia. Si le rompían un hueso, los que pagarían los platos rotos serían ellos.
—¡¿Qué están esperando?! ¡Sáquenlo de aquí! —ordenó Evelyn con frialdad—. ¡Si algo pasa, yo me hago responsable!
Con ese respaldo, los guardaespaldas recobraron el valor. Agarraron a Víctor de los brazos y comenzaron a arrastrarlo por la fuerza.
En ese preciso instante, una figura delgada y rápida se lanzó al frente, empujando con violencia a uno de los guardias.
—¡Sigo siendo la hija mayor de esta familia! ¡Quiero ver que alguien toque a mi primo!
—¿Mónica?
Víctor la miró asombrado. Jamás imaginó que su prima, siempre tan frágil y callada, daría la cara por él en un momento tan crítico.
—Primo, por el abuelo, nada más importa —dijo ella, con una determinación férrea en la mirada.
—¡De acuerdo! —Víctor asintió con fuerza. Ambos primos se pararon hombro a hombro, enfrentando a los matones.
El rostro de Evelyn se desfiguró del coraje. Lidia con Víctor ya era un dolor de cabeza, pero sumar a Mónica a la ecuación era demasiado. Si esto llegaba a los golpes y los mayores se enteraban, habría serios problemas.
Sus ojos brillaron con malicia y, de repente, gritó a todo pulmón.
—¡Hermano! ¡Mónica está aquí!
Ese grito fue la señal.
La puerta de la habitación se abrió de golpe, y Jaime salió con el rostro ensombrecido por la rabia.
Fijó sus ojos venenosos en Mónica y sonrió con desdén.
—Ni siquiera había tenido tiempo de ir a buscarte, y vienes a entregarte sola.
—Jaime, el Doctor Azul ya confirmó que el abuelo no necesita ningún trasplante —Mónica le sostuvo la mirada, enfrentando esos ojos llenos de codicia—. ¿Cuál es tu verdadera intención al aferrarte tanto a sacarme un riñón?
—¿Mi intención? Que el abuelo viva cien años, por supuesto —respondió Jaime, con una tranquilidad cínica y un toque de desprecio—. ¿Y qué si ese supuesto 'doctor milagroso' dijo que no hace falta? ¿De verdad le crees a un charlatán que se esconde y vive de la fama ajena? La salud del abuelo es oro. No voy a permitir que un estafador de quinta ponga sus manos sobre él.
—¡Hijo de...!
A un lado, el verdadero Azul ya se estaba arremangando la camisa, listo para partirle la cara.
Mila lo detuvo justo a tiempo y le susurró con burla.
—¿Cuál es la prisa? ¿No ves que aquí ya tenemos a un 'Doctor Azul' de sobra?
Azul parpadeó, confundido, y siguió la mirada de Mila hasta toparse con el anciano que Ariel trataba como a un dios.
El viejo ya había dado un paso al frente. Con las manos cruzadas en la espalda y una mirada afilada sobre Jaime, interpretó a la perfección su papel de maestro intocable.
—Joven Jaime, ¿acaso está dudando de mis habilidades? —habló el anciano con voz soberbia—. Llevo una vida entera curando enfermos, salvando incontables vidas, ¡y jamás he recibido semejante insulto! Si no me ofrece una disculpa ahora mismo, la difamación que la familia Centeno le ha hecho al Doctor Azul será conocida en todo el país.
—¡Mida bien las consecuencias!
Jaime tragó saliva, paralizado.

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