Jaime apretó los dientes, consumido por el odio. Ya que su padre había intervenido, si seguía oponiéndose, terminaría levantando sospechas.
Llevaba años construyendo la fachada del hijo y nieto perfecto; no podía permitir que se derrumbara ahora. Pero, ¿y si este viejo desgraciado de verdad lograba despertar al abuelo? ¿Cómo iba a salir de este enredo?
—Jaime, lleva al doctor adentro —ordenó Mauricio con voz grave.
Jaime volvió a la realidad de golpe. Ocultando la oscuridad de sus ojos, hizo una leve reverencia.
—Como usted diga, padre —murmuró. No le quedaba más remedio que seguirle el juego y buscar una salida sobre la marcha.
Al ver esto, Ariel soltó un suspiro de alivio. Pensó que al final habían logrado esquivar la bala y asegurar la oportunidad de oro para ganarse a la familia Centeno.
Intercambió una mirada de complicidad con Luna y, con el pecho inflado de orgullo, guiaron al falso Doctor Azul hacia el interior de la suite médica.
—Mónica.
Mauricio se detuvo frente a su hija. Su mirada era compleja, como si ocultara un torbellino de palabras no dichas.
—Señor Centeno, ¿se le ofrece algo? —Mónica tomó aire, sosteniéndole la mirada con una voz increíblemente fría y serena.
Pensó que reencontrarse con él la dejaría paralizada, con las manos heladas y el corazón encogido por el terror. Sin embargo... por dentro se sentía tan tranquila como el agua de un pozo antiguo. Aquellos años de infierno en la prisión le habían robado muchas cosas, pero también le arrancaron de raíz toda su debilidad, transformándola en una mujer nueva.
Al escuchar ese tono tan distante y frío en boca de su hija, las pupilas de Mauricio se contrajeron levemente. Las palabras se atascaron en su garganta, convirtiéndose en un largo suspiro.
—Qué bueno que saliste. Ven conmigo, vamos a ver a tu abuelo.
Dicho esto, Mauricio se dio la vuelta y caminó hacia la habitación.
Mónica miró su espalda y una sonrisa cargada de desprecio asomó en sus labios. Llevaba un año libre. Venir a jugar al padre amoroso a estas alturas era un chiste de muy mal gusto.
—Moni, ¿estás bien? —Mila se acercó a ella, con voz suave.
Mónica negó con la cabeza, suspirando.
—Supongo que sí. Tal vez después de convivir con verdaderos monstruos en ese lugar, verlos en persona ya no me asusta. Perdí el miedo.
Mila sonrió con ternura y le alborotó el cabello con cariño.
—Es porque maduraste. Ya no eres esa Mónica a la que cualquiera podía pisotear.

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