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La Rosa Negra: El Regreso de la Hija Traicionada romance Capítulo 135

—Ya basta —Mauricio levantó la mano, cortando la discusión de tajo. Se volvió hacia el anciano—. Doctor Azul, todo está en sus manos.

—Pierda cuidado, don Mauricio —asintió el anciano con gravedad. Su actitud rebosaba tanta seguridad que de verdad parecía un maestro de la medicina tradicional.

Mila y Azul observaban la escena con mucha diversión. Se morían de ganas por descubrir de dónde sacaba tanta confianza este farsante.

Azul ya había evaluado al paciente desde lejos. A menos que usara su técnica secreta de acupuntura, el viejo Centeno no tenía ninguna posibilidad de despertar.

—Doctor, confiamos en usted —dijeron Ariel y Luna, con los ojos brillando de esperanza.

El curandero se acercó a la cama. Por fuera lucía sereno, pero por dentro el corazón le latía a mil por hora.

Él solo era un médico de pueblo; no tenía idea de cómo hacer un milagro. Pero eso no le impedía montar un buen teatro. Mientras no matara a nadie, bastaba con poner unas cuantas agujas al azar y luego echarle la culpa a lo avanzado de la enfermedad. Así saldría libre de sospechas.

Al fin y al cabo, el verdadero Doctor Azul era un fantasma. Si él se aferraba a esa identidad, nadie podría probar lo contrario.

El viejo fingió tomarle el pulso y revisarle las pupilas. Cada uno de sus movimientos era tan fluido que todos en la sala contenían el aliento... excepto Mila y Azul, que disfrutaban del show.

—Qué lástima... qué gran lástima... —murmuró el anciano.

—Doctor, ¿qué quiere decir con eso? —preguntó Víctor, desesperado.

El viejo se acarició la barba y suspiró con profunda tristeza.

—Hace diez minutos, tenía un ochenta por ciento de probabilidades de salvarlo. Pero ahora... me temo que las posibilidades cayeron a menos del cuarenta.

—¡¿Qué?! —Víctor se tambaleó y casi cae al suelo.

Luna, rápida como una serpiente, se acercó a sostenerlo, hablando con su tono más dulce:

—Víctor, tranquilo. Si el doctor dice que hay un cuarenta por ciento, significa que todavía hay esperanza.

En ese momento, Víctor estaba tan abrumado por la angustia que ni siquiera notó la confianza con la que ella lo llamaba. Solo giró la cabeza y fulminó a Jaime con la mirada.

—¡¿Lo escuchaste?! ¡Si no hubieras estorbado tanto, no habríamos perdido ese tiempo vital! ¡Por tu culpa las probabilidades bajaron!

Jaime, acorralado, devolvió el ataque con una sonrisa llena de burla.

—Por favor. ¿Quién nos asegura que este charlatán no está inventando excusas porque no tiene idea de qué hacer? Típico de los estafadores.

El anciano sintió un latigazo de pánico. *Este tipo es más astuto de lo que pensé*, se dijo a sí mismo. Sin embargo, no perdió la compostura. Endureció el rostro y adoptó un tono místico e intocable.

—Joven Jaime, dudar de mi medicina es insultar a todas las personas a las que he arrancado de las garras de la muerte. Por ejemplo, al Secretario de Obras Públicas. Él estuvo paralizado medio año. ¿Quiere que lo traiga para que le explique cómo lo curé?

¿El Secretario de Obras Públicas?

Ese hombre controlaba todas las concesiones de tierras en Valle Plateado. Incluso el propio Mauricio Centeno le tenía respeto.

Jaime apretó los labios, sin atreverse a decir una palabra más.

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