Mila negó con la cabeza, y su tono rebosaba lástima:
—Felipe, ¿de verdad crees que tu hermanita del alma tiene la capacidad de diseñar algo tan espectacular?
Felipe frunció el ceño y contraatacó sin pensarlo dos veces:
—Luna es una señorita criada con el mayor esmero por la familia Quiroz. ¿Cómo vas a compararte tú, una inútil, con ella? Si quisiera, ¡podría diseñar algo mil veces mejor en cualquier momento!
—Qué amor de hermanos tan conmovedor —se burló Mila—. A ver qué vas a pensar cuando veas lo siguiente.
La imagen de la pantalla grande cambió repentinamente.
En el video, se veía a Mila levantarse y salir del cuarto. Un rato después, la puerta se abrió, y Luna se asomó furtivamente, entrando a hurtadillas.
En un silencio sepulcral por parte del público, todos vieron cómo Luna se dirigía sin titubear a la laptop, sacaba su celular y le tomaba varias fotos a los bocetos que aparecían en la pantalla.
La verdad había salido a la luz.
Sin necesidad de que nadie dijera ni una palabra, el mensaje era clarísimo: Luna le había robado los diseños a Mila para luego enviárselos a Felipe y colgarse la medalla.
Felipe se quedó petrificado, con las pupilas reducidas a la mínima expresión. En su cabeza, Luna siempre había sido la joyita de la familia Quiroz: obediente, brillante, un ser sin defecto alguno.
Sin embargo, ver a Luna actuando a sus espaldas en la pantalla fue como si le propinaran una sonora bofetada; una bofetada ardiente que le dolió en el alma.
—Luna... ¿qué significa esto?
—¡Felipe, eso es mentira! ¡Mila lo editó todo con inteligencia artificial! —Luna lo negó rotundamente; su voz se agudizó por el pánico—. ¡No te creas eso, por favor! Soy tu hermana, la que ha estado a tu lado más de diez años. ¿En serio le vas a creer a una extraña antes que a mí?
A Felipe le dolió el pecho, como si una mano invisible le estuviera estrujando el corazón con todas sus fuerzas.
La razón le gritaba que debía confiar en Luna, pero el video era tan fluido, tan natural... Las luces, los movimientos, todo era impecable. ¿Por dónde se notaba que era un montaje?
—¡Mila! ¡Seguro sabías que te iban a atrapar copiando, y por eso fabricaste esta mentira para echarme la culpa! —Luna miró a Mila con un veneno absoluto—. ¿A quién en su sano juicio se le ocurre poner una cámara de seguridad en su propia recámara? ¿Acaso no te da miedo que se filtre tu privacidad? ¡Es obvio que tenías esto planeado desde el principio!
—Sí, de seguro fue así. —Felipe parecía haber encontrado un salvavidas, y su mirada, antes titubeante, se tornó obsesiva otra vez—. Nadie pondría cámaras en su propio cuarto. Este video no tiene pies ni cabeza. ¡Es una farsa!
—Clap, clap, clap.
Unos aplausos lentos y arrogantes resonaron en el salón.

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