Héctor estaba sentado en la oficina de la presidencia. Sus manos acariciaban los apoyabrazos de cuero mientras sus ojos brillaban de emoción.
Miró a su alrededor. El despacho era gigantesco y tenía un ventanal de techo a piso desde donde se podía contemplar toda Valle Plateado. La euforia que sentía en el pecho era imposible de ocultar.
¿Esa era la vista de la que Nuno había estado disfrutando todo este tiempo?
Realmente era... un espectáculo hermoso.
Héctor caminó hacia una lujosa vitrina llena de vinos, sacó una botella de Romanée-Conti al azar, la descorchó sin cuidado y le dio un buen trago directamente de la botella.
Todos esos lujos antes le pertenecían a Nuno, pero ahora, eran exclusivamente suyos.
—El Romanée-Conti... tampoco es la gran cosa. Después voy a conseguir vinos mucho mejores, superiores a los de Nuno, y llenaré esta vitrina. —Héctor se paró frente al gran ventanal con una mano en el bolsillo. Se sentía como un rey recién coronado, a punto de construir su propio imperio.
—Parece que estás disfrutando mucho de todo lo que tienes ahora.
Una voz fría y con un claro tono de burla interrumpió sus pensamientos.
Las pupilas de Héctor se contrajeron y se dio la vuelta de inmediato. Allí estaba Nuno Páez, apoyado en el marco de la puerta, mirándolo con diversión.
—¡¿Nuno Páez?! ¿Qué demonios haces aquí? ¿Quién te dejó entrar? —La expresión de Héctor cambió drásticamente. La mano con la que sostenía la botella de Romanée-Conti empezó a temblar ligeramente.
*¡Un momento!*
*¡Yo soy el nuevo presidente del Consorcio Páez! ¿Por qué tendría que tenerle miedo?*
*¡Sin su título de presidente, Nuno no es absolutamente nadie!*
Al pensar en eso, Héctor sacó el pecho, ocultó el pánico de su mirada y se paró con altivez frente a él.
—¿Crees que hay alguien en todo el Consorcio Páez que se atreva a detenerme? —Las palabras de Nuno desbordaban poder.
Entró con pasos firmes, caminó directamente hasta el escritorio y se sentó sin pedir permiso.
—Tío Héctor, al verte así, solo se me viene una frase a la cabeza.
—¿Qué frase? —preguntó Héctor por instinto.
—Un don nadie con poder. —Nuno sacó un cigarrillo, lo encendió, le dio una calada profunda y soltó el humo con lentitud.
El humo envolvió su rostro, ocultando sus facciones, pero hizo que a Héctor se le hiciera un nudo en el estómago. ¿Qué pretendía Nuno al aparecer de la nada?
—Nuno, no me importa a qué hayas venido, pero ahora yo soy el que manda en este consorcio. ¡Largo de aquí! —le gritó señalando hacia la puerta con una mirada agresiva.
—¡Jajajaja! —Nuno empezó a reírse y negó con la cabeza—. Tío, sí que te gusta alardear de tu nuevo puestito. Pero lamento informarte que no tienes el nivel para echarme.

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