—Mila Quiroz, parece que mi tolerancia te ha hecho creer que, amparada en un simple contrato, puedes hacer lo que te plazca conmigo.
La mirada de Nuno era cortante, como una tormenta de invierno. Su voz, grave y amenazante, erizaba la piel.
—Puedo cancelar nuestro acuerdo en este mismo instante.
—Julio.
Mila dejó escapar un ligero suspiro y pronunció el nombre con calma.
Nuno se tensó. El ceño se le frunció de inmediato.
—¿Quién?
—Julio. Su nombre real era Julen —añadió ella, clavando sus ojos en los de él—. Don Nuno, estoy segura de que sabes perfectamente de quién estoy hablando.
Las pupilas del hombre se dilataron. Soltó a Mila de un tirón, sacó su teléfono y comenzó a teclear a toda velocidad para enviarle instrucciones a Mateo.
Aprovechando el momento, Mila estudió de reojo al hombre que tenía al lado. Su perfil era perfecto, con una mandíbula tan bien definida que parecía esculpida a mano.
Aunque los rumores decían que El Verdugo de Valle Plateado era un monstruo sin corazón, tras ponerlo a prueba, Mila sospechaba que simplemente había enterrado todas sus emociones bajo esa máscara de hielo.
¿Habría sido el accidente de hace años, la trágica muerte de su madre y el abandono de su padre lo que lo convirtió en esto?
—¿Ya terminaste de mirarme? —Nuno giró la cabeza de golpe, atrapando la mirada curiosa de la joven.
Mila sonrió con total naturalidad.
—Con un hombre tan atractivo como tú, jamás sería suficiente. Y ya que ahora estamos legalmente casados, tengo que aprovechar para deleitarme la vista.
Nuno frunció el ceño, pero luego se relajó levemente.
—Considerando que me has dado una pista crucial, dejaré pasar tu insolencia esta vez.
Mateo acababa de confirmarle por mensaje que Julen, en efecto, había sido el chofer de Héctor Páez.
Nuno entrecerró los ojos, lanzando un destello peligroso.
—Sin embargo, me intriga saber cómo llegaste a él. Llevo años investigando y ese nombre nunca apareció en mi radar. ¿Cómo encontraste ese cabo suelto?
—Tengo mis trucos, Don Nuno. No seas entrometido —Mila se encogió de hombros, restándole importancia—. Cambiando de tema, me muero de hambre. Ya que vamos a nuestra casita de casados, supongo que habrá cena, ¿no? O... ¿vas a cocinar para mí?
—No te hagas ilusiones —respondió él, apartando la mirada y tragándose la curiosidad que sentía por ella—. Pero sí, pedí que prepararan la cena.
Los ojos de Mila se iluminaron, mostrando una sonrisa radiante.

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