El calor de su mano y el suave perfume que emanaba de ella hicieron que Nuno apretara los labios por instinto.
—¡Ay! —exclamó Mila de repente.
—¿Qué pasa? —Nuno la miró de reojo, confundido.
—Don Nuno, ¿cómo vamos a ver al abuelo con las manos vacías? —Mila lucía genuinamente preocupada—. No, no, tengo que ir a comprar algo. Un buen vino, postres... algo para demostrarle mi cariño.
Nuno se frotó el puente de la nariz, perdiendo la paciencia.
—Esta es nuestra casa. Tu casa. ¿Entiendes?
Los ojos de Mila brillaron con astucia y esbozó una sonrisa a medias.
—Tienes razón. Si estamos en familia, no hay por qué guardar tantas apariencias.
Nuno la miró fijamente, con los ojos clavados en los de ella.
—Prefiero a la mujer cínica y descarada de hace un rato. Esta versión tuya es demasiado contenida.
Mila se quedó helada.
El comentario de Nuno fue como un balde de agua fría. Era cierto, estaba actuando extraño.
Normalmente, frente a quien fuera, ella era dueña de la situación, haciendo lo que le venía en gana. ¿Por qué ahora sentía la necesidad de ser cuidadosa?
Tal vez... de verdad se estaba creyendo su papel como 'la esposa de Nuno Páez'. Peor aún, quizá su subconsciente estaba disfrutando de ese lazo afectivo que simulaban tener.
Esa sensación de hogar era algo que jamás experimentó en el Penal 01, ni mucho menos en la fría y hostil mansión de los Quiroz.
Mila soltó una risa ligera y sus ojos se curvearon con diversión.
—¿Qué pasa? ¿Ahora que intento ser la esposa perfecta no te gusta?
Nuno forzó una sonrisa rígida.
—Ajá. Pues actúa bien. No dejes que el abuelo descubra la farsa.
—¡A la orden! —Mila se aferró al brazo de Nuno, apoyándose contra él con total naturalidad.
El hombre frunció el ceño e intentó zafarse sutilmente, pero terminó rindiéndose y dejó que ella lo abrazara.
Ding dong.
Tocaron el timbre.
—¡Ya voy! —se escuchó la voz potente del anciano desde el interior.
La puerta se abrió, revelando el rostro bondadoso y sonriente de Don Pedro Páez.
—Abuelo Pedro, ¡qué gusto verlo! —Mila lo saludó con una sonrisa dulce y luminosa.
—Milita, preciosa, pasa, pasa —Don Pedro la tomó de la mano con cariño y la invitó a entrar.
Mila analizó el lugar rápidamente. El penthouse tenía un diseño minimalista, con tonos oscuros y fríos. No había ni un solo adorno de sobra; todo gritaba soledad y distancia.
Lo único que rompía esa frialdad era el comedor. Había un festín espectacular servido en la mesa. El vapor de la comida caliente y los aromas deliciosos despertaban el apetito de cualquiera.

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