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La señora no perdona al infiel (Yamila Rivera) romance Capítulo 1189

Tres días después, Sergio dejó organizados los asuntos de la empresa y viajó a Auremont con Rocío y Noemí.

Don Quiroz había recuperado el pasaporte y los documentos de identidad de Noemí que estaban en poder de Gael y se los había entregado a Rocío.

Antes de que ella se fuera, solo le pidió:

—Cuídate mucho.

Al decirlo, se veía agotado y profundamente abatido.

Durante el día de descanso, Rocío había sido la única en acompañarlo en aquella enorme casa.

Gael no apareció y el lugar se sentía frío y vacío.

Don Quiroz tuvo que insistir varias veces antes de enterarse de que Gael estaba herido.

En cuanto lo supo, palideció y fue a verlo.

Al salir de su habitación, ordenó que reunieran todos los documentos de Noemí y se los entregaran a Rocío.

—Que Sergio quiera estar con Noemí es algo bueno. Habla con ella. Todos tenemos que seguir adelante. No dejes que lo ocurrido siga atormentándola y termine afectando también a quienes están a su lado.

A Rocío le dolió verlo así.

Sabía lo difíciles que habían sido esos años para él.

La última vez que lo hospitalizaron había estado a punto de morir.

Si seguía luchando, era porque no podía dejar de preocuparse por ella y por Gael.

—Lo sé, abuelo. Noemí también lo entiende. Por favor, cuídese mientras no estoy. En cuanto la deje instalada, regresaré.

Lo abrazó, con los ojos llenos de lágrimas.

Don Quiroz le dio unas palmaditas en el hombro.

—Voy a cuidarme. Tú ve tranquila.

Un Bentley se detuvo lentamente frente al aeropuerto.

Sergio bajó y tomó de la mano a Noemí para ayudarla a salir.

Mientras tanto, el personal sacó el equipaje de la cajuela.

—Vámonos.

Rocío se acercó, tomó a Noemí de la mano y los tres entraron al aeropuerto.

Al mismo tiempo, en un despacho de Casa Quiroz con las puertas y las ventanas cerradas, Gael permanecía recargado en su silla, todavía algo débil.

Sobre el escritorio había un cerdito de madera pintado de rosa.

No era una talla especialmente fina, pero destacaba en aquel despacho oscuro.

Gael lo tomó y pasó los dedos despacio por su superficie.

En su mente apareció la sonrisa radiante de Noemí.

—Gael, es para ti. Yo lo hice.

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