Capítulo 35 Mariana permaneció en silencio durante un largo rato.
Julieta dijo:
—¿Quieres llamar a Carlos?
Apenas terminó de hablar, el celular de Mariana volvió a sonar; era Carlos.
Ella contestó la llamada, con la voz algo ronca:
—Carlos.
—Ya me enteré de lo que pasó —dijo Carlos—. ¿Tu papá ya te llamó?
—Si. Me pidió que fuera ahora mismo a León Dorado Privé —respondió Mariana.
—Entonces ve primero y averigua bien qué está pasando. Y no te precipites ni actúes por impulso —añadió Carlos, haciendo especial énfasis en la última frase.
—Lo sé —contestó Mariana.
Colgó el celular, se calmó un poco y luego le dijo a Julieta:
—Perdón, primero te voy a llevar de regreso.
—Más adelante está el metro, puedo irme en metro —respondió Julieta.
Héctor estaba vengando a Adriana, y ella no podía ayudar en nada.
No pudo evitar sentirse frustrada y preguntarse si aquellas palabras que le había dicho a Héctor ese día no habrían logrado enfurecerlo todavía más.
Mariana no insistió; solo le pidió que tuviera cuidado en el camino.
Antes de bajar del carro, Julieta la aconsejó:
—Con este asunto no te vayas a dejar llevar por el impulso. Piensa primero en los intereses de Grupo Escobar.
Julieta sabía que Mariana era de carácter recto y temperamental, que actuaba con rapidez y sin rodeos.
—No te preocupes, lo sé —respondió Mariana.
Luego arrancó y se fue.
Julieta observó cómo el carro se alejaba hasta perderse entre el tráfico; solo entonces retiró la mirada y caminó hacia la estación del metro.
Cuando estaba a punto de llegar a la entrada, su celular vibró.
Sacó el celular del bolso; era una llamada de Sergio.
Contestó:
—Hola, Sergio.
—Mira al frente.
Julieta alzó la vista y vio a Sergio del otro lado, haciéndole una seña con la mano.
Caminó hacia él; Sergio le abrió la puerta del asiento del copiloto y dijo:
—Súbete.
Julieta se sentó en el carro.
Sergio rodeó el vehículo y se acomodó en el asiento del conductor.
—¿Qué haces aquí sola? —preguntó.
—Había quedado de cenar con una amiga, pero le surgió una urgencia y se fue —respondió Julieta.
Sergio sonrió.
—Entonces mejor aún, yo te invitoa cenar.
—¿Eso quiere decir que tengo que felicitarte por tu buena suerte?
—Últimamente sí ando con suerte. Creo que si ahorita mismo compro un boleto de lotería, me gano cien mil dólares.
—Con lo rico que eres, ¿para qué te serviría ganar tan poco?
Sergio pensó que tenía razón.
Encendió el carro y volvió a incorporarse al tráfico.
Llegarona un restaurante de cocina privada.
Desde la mesa junto a la ventana se podía ver la vista nocturna del río.
Pidieron la comida.
Julieta le indicó al mesero sus restricciones alimentarias.
El mesero asintió.
Julieta preguntó:
—¿Ya firmaron el contrato de cooperación?
—Ya está firmado. Ahora viene una etapa muy ocupada. Hoy fue raro tener un rato libre — respondió Sergio—. Por cierto, ¿sigues trabajando en Grupo Central?
Julieta dio un sorbo a su jugo y explicó:
—Ya renuncié. Cambié a un trabajo más ligero; ahora soy asistente de mi antiguo tutor.
Sergio suspiró:
—De verdad deberían darte un premio a la devoción por el trabajo.
Julieta arqueó ligeramente las cejas:
—Si viene con un bono incluido, también lo acepto.


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