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La señora no perdona al infiel (Yamila Rivera) romance Capítulo 472

Capítulo 472 Julieta yacía inconsciente sobre la cama del hospital. No le quedaba ni rastro de color en el rostro.

Carlos estaba sentado al borde de la cama, sujetándole la mano con fuerza.

Al mirar su rostro pálido, soltó una respiración profunda.

Agradecía que nada hubiera ocurrido.

En ese momento, la puerta de la habitación se abrió.

Carlos levantó la mirada y observó la entrada con alerta.

Héctor empujó la puerta y entró. Su presencia era imponente.

Tenía el lado derecho del rostro hinchado y enrojecido.

Su mirada cayó primero sobre Julieta, inconsciente en la cama, y después sobre las manos entrelazadas de ambos.

Sus ojos oscuros se entrecerraron con un brillo peligroso.

Avanzó hacia adentro.

—Así que tanto te gustan las cosas ajenas.

Carlos lo miró fijamente. Detrás de los lentes, sus ojos brillaban con una frialdad cortante.

—Julieta no le pertenece a nadie. Solo se pertenece a sí misma. Y tú no eres digno de tenerla.

Héctor se detuvo junto a la cama y soltó una risa fría.

—Parece que no entiendes de quién es esposa.

Carlos le sostuvo la mirada.

—Y tú no entiendes lo que significa tener una esposa. Nunca la has respetado. Fuera de ese matrimonio vacío, ustedes no son nada.

El fondo de los ojos negros de Héctor pareció cubrirse de hielo.

—Lástima que ese matrimonio vacío también sea una línea que tú jamás podrás cruzar. No seas tan posesivo con mi esposa.

En un instante, la habitación quedó envuelta en una atmósfera opresiva, casi asfixiante.

Entonces se escuchó la voz baja y peligrosa de Héctor:

—A mi esposa la cuido yo.

El significado de sus palabras era más que evidente.

Carlos no cedió ni un poco.

—Qué lástima. Julieta no necesita que tú la cuides.

—Carlos, podrás cuidarla por un momento, pero no toda la vida. Te lo advierto: Julieta es la madre de mi hija. Ella y yo jamás nos vamos a divorciar.

Carlos clavó los ojos en Héctor, cuya arrogancia parecía no tener límite.

Era más bien una respuesta de estrés después de haber sufrido algún tipo de trauma.

Pero la información que habían encontrado decía que ella no había sido agredida.

Del otro lado respondieron:

—Sí.

Héctor se dio la vuelta, regresó a la habitación y jaló una silla para sentarse frente a Carlos.

Cuando la enfermera entró para cambiarle el medicamento, vio a los dos hombres sentados a ambos lados de la cama.

La atmósfera era tan tensa que no sabía ni cómo moverse.

No pudo evitar suspirar para sus adentros.

En un día cualquiera ya era raro encontrarse con un hombre guapo.

Y hoy tenía frente a ella a dos hombres extraordinariamente atractivos, con un porte y una presencia tan impactantes que uno ni siquiera se atrevía a mirarlos demasiado.

Pero aquella escena de dos hombres y una mujer, donde ambos claramente se preocupaban por la misma persona, parecía salida de una telenovela.

La enfermera avanzó con mucho cuidado y le dijo a Héctor:

—Disculpe... necesito hacerle la curación.

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