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La señora no perdona al infiel (Yamila Rivera) romance Capítulo 885

Julieta observó la expresión desconcertada de Mariana y volvió a preguntarle a la empleada:

—¿Jairo reaccionó de alguna manera?

La empleada tampoco sabía muy bien cómo responder.

Julieta frunció ligeramente el ceño y miró a Mariana con preocupación.

Justo cuando no sabía qué decirle, Mariana golpeó de pronto la cama con ambas manos.

—Pues lo besé y ya. ¿Qué tiene de grave? Como si nunca lo hubiera besado antes.

Al ver que se lo tomaba de esa manera, Julieta también se tranquilizó un poco.

—Entonces levántate, arréglate y vamos a desayunar.

Salió de la habitación y la empleada comenzó a preparar el desayuno.

En ese momento sonó el timbre.

La empleada fue a abrir.

Jairo la miró y preguntó:

—¿Ya despertaron las dos?

—La señora Julieta está en la sala.

Julieta escuchó movimiento en la entrada y, al levantar la mirada, vio entrar a Jairo.

Él se acercó y la observó de arriba abajo.

Al comprobar que parecía encontrarse bien, preguntó:

—¿Te sientes mal de algo? ¿Quieres que vayamos al hospital para que te revisen?

Julieta lo miró.

—¿No ibas a regresar a Lago Azul?

—Me voy en la tarde.

Julieta no preguntó nada más y se sentó en el sofá.

Jairo se sentó a su lado y empezó a darle una recomendación tras otra, como cualquier familiar preocupado.

—No vuelvas a tomar tanto licor fuerte sin motivo. Beber de más le hace mucho daño al cuerpo, y ahora más que nunca necesitas cuidarte. Si de verdad quieres tomar, bebe poquito, solo para probar.

Julieta lo escuchó sin responder.

—En cuanto nadie está pendiente de ti, pierdes la medida. Sigues igual que cuando eras niña.

Era como si, a los ojos de Jairo, ella siguiera siendo aquella niña que nunca terminaba de crecer y que siempre necesitaba que alguien estuviera al pendiente de ella.

Julieta frunció el ceño.

Al ver que no decía nada, Jairo preguntó:

—Tú...

Mariana bajó la cabeza y lo besó en los labios.

Esta vez estaba completamente sobria y fue incluso más directa que la noche anterior.

La expresión de Jairo cambió de golpe y abrió los ojos, sorprendido.

Le sujetó los hombros con ambas manos y ejerció un poco de fuerza para apartarla.

—¿Qué estás haciendo?

Mariana seguía aferrada al cuello de su camisa.

Respiraba con rapidez y lo miraba con los ojos enrojecidos.

—Jairo, ¿sabes qué? Quiero acostarme contigo.

La mirada de Jairo se oscureció ligeramente y su voz se volvió más grave.

—¿Sabes lo que estás diciendo?

Mariana soltó su camisa, le sujetó el mentón con los dedos y lo miró directamente a los ojos.

Con el movimiento, su largo cabello ondulado cayó sobre el hombro de Jairo.

—Los dos somos adultos. Además, no es como si nunca hubiéramos tenido intimidad antes. No tiene nada de malo decirlo. ¿O qué? ¿Ahora ya no puedes?

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