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La Traición en Vísperas de la Boda romance Capítulo 1542

—¿Qué hacen aquí? ¿No habíamos quedado en que yo iría a buscarlos a la plaza?

Federico apartó poco a poco la gélida mirada de Regina y toda esa tensión desapareció al instante. Al girarse hacia Jimena, la frialdad en sus ojos se transformó en una cálida ternura, y le explicó con voz suave y paciente.

—Te mandé un mensaje, de hecho, te mandé varios seguidos y nunca me contestaste.

—Supuse que te habías atorado con algo del trabajo. Como no quería dejarte sola, me traje a Fernanda para venir por ti.

Su mirada se oscureció un poco, ocultando una molestia contenida, y miró de reojo a la mujer que seguía en el suelo.

—No me imaginé que no estabas trabajando, sino que ella te tenía aquí atorada, haciéndote perder el tiempo.

Al escucharlo, Jimena dio unos pasos, caminando con calma y elegancia hacia Federico y la niña.

Le tomó la manita a Fernanda con delicadeza. Al sentir la calidez en la palma de la niña, una oleada de ternura le invadió el corazón. Luego, levantó la mirada y le explicó brevemente a Federico.

—Tampoco esperaba que la señorita Serrano viniera a buscarme directamente a la empresa.

—La corrieron de su trabajo y está convencida de que yo tuve algo que ver, que mandé a alguien para que la despidieran. Por eso vino a exigirme una explicación.

Hablaba con total franqueza y calma. No intentó hablar mal de ella ni hacerse la víctima; simplemente contó las cosas como pasaron.

—Te dejo para que arregles esto. Voy a esperar afuera con la niña.

—Está bien —asintió Federico levemente, con una mirada firme y serena.

Dicho esto, dio un paso hacia adentro de la sala de espera, bloqueando con su cuerpo cualquier drama.

Fernanda apretó con fuerza la mano cálida de su mamá. Ladeó un poco la cabeza y su vocecita tierna resonó, llena de esa inocencia pura y confusión de los niños.

—La otra vez Jonás no quería hacer la tarea, se sentó en el piso a llorar y mi tío le dijo que llorando no iba a arreglar nada, porque de todos modos la tenía que hacer.

—Así que llorar no sirve.

Al ver lo inteligente y obediente que era su hija, a Jimena se le dibujó una sonrisa cálida en los ojos. Todo su cansancio y frialdad desaparecieron.

—Así es —afirmó ella.

Con esa simple frase, validó con ternura la madurez de su pequeña.

Luego, tomó a Fernanda de la mano y salieron en silencio. Cerró la puerta de la sala con delicadeza, dejando todo aquel ruido, el teatro y esa escena tan patética atrapados ahí dentro.

En la sala a puerta cerrada, de pronto solo quedaron Federico y Regina, quien seguía humillada en el suelo.

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