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La última lágrima de la esposa fea romance Capítulo 575

Que un hombre tan guapo, rico y poderoso bajara la guardia solo para ella y le demostrara tanto cariño... Cualquier mujer habría caído rendida a sus pies.

David, Emanuel, Cristian y Fermín armaron la mesa de póquer. Enzo no quiso participar y se fue a jugar golf con Rafael y Marcelo. Las mujeres también se organizaron para jugar a las cartas por su lado.

El clima de aquel día era perfecto.

Los niños descansaron un rato y luego salieron a patear la pelota. Esmeralda y Emilia los acompañaron al jardín para vigilarlos.

Cuando los pequeños se cansaron, se sentaron en unas bancas a comer algunas botanas.

En ese momento, le entró una llamada a Esmeralda. Era David. Al contestar, escuchó la voz del hombre:

—Mi amor, ven al cuarto del segundo piso.

Al escuchar cómo la llamó, Esmeralda apretó el celular con fuerza y frunció el ceño.

—¿Por qué me llamas "mi amor"?

David soltó una risita.

—Somos marido y mujer, no tiene nada de malo.

—¿Qué quieres? —preguntó ella, impaciente.

—Sube primero, aquí te espero.

David no le dio más explicaciones y colgó.

Esmeralda bajó el celular. Emilia, que había alcanzado a escuchar la voz de David, le dijo:

—Si te está buscando, ve. Yo te cuido a Isa.

Emilia lo tenía claro: fuera sincero o no, el comportamiento de David demostraba que estaba sumamente interesado en Esmeralda.

Esmeralda guardó silencio un instante, asintió y le avisó a Isa. Al enterarse de que su mamá iba a buscar a su papá, la niña le insistió en que fuera rápido.

Esmeralda regresó a la casa, le preguntó a una empleada de servicio y subió al segundo piso.

El corazón le dio un vuelco. En ese instante se dio cuenta de que el cuerpo de él estaba ardiendo de forma anormal. De pronto, reaccionó y lo empujó.

—Suéltame, David.

A pesar del intenso calor que lo consumía, David aún conservaba la razón, pero no parecía tener intenciones de soltarla.

—Si no quieres que te toque, no lo haré.

Esmeralda levantó la cara y lo miró con total desconfianza.

—Entonces suéltame ya —exigió, con la voz tensa.

—Me meteré a bañar con agua fría. Asegúrate de que nadie entre —le ordenó David.

Habló con tanta calma que, de no ser por lo rojo que estaba su rostro, ella habría jurado que estaba en perfectas condiciones.

De pronto, ese momento le recordó aquella noche, hacía cinco años.

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