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La última lágrima de la esposa fea romance Capítulo 603

—Es mi hermano, ahorita vengo a contestar —le avisó Abril.

—¡Ve!

Abril buscó un rincón menos ruidoso para contestar la llamada.

—Bueno, hermano.

La voz de Gabriel sonó inusualmente grave y estricta:

—¿Todavía no se van a la casa?

A Abril se le hizo un nudo en el estómago.

Hacía un rato, había grabado el video de Esme bailando y se lo había mandado a su hermano a propósito para que la admirara.

Al escuchar ese tono de voz, a Abril le entró un remordimiento inexplicable.

—Pues es que todavía es temprano, casi nunca tenemos chance de relajarnos así. Aparte, ¿ya viste qué increíble baila Esme? Si yo fuera hombre, te juro que ahorita mismo me la llevaba al altar.

Gabriel le respondió con un tono aún más frío, en el que no cabía discusión:

—Regrésense ahorita mismo.

Abril se asustó un poco, pero aun así se armó de valor para burlarse:

—¡No manches, hermano! ¡A poco ya te pusiste celoso!

—¡Abril!

El hecho de que la llamara por su nombre indicaba que no estaba jugando. Abril no se atrevió a pasarse de lista y asintió rápidamente.

—¡Ya, ya, ya entendí! Ahorita nos vamos, no te enojes.

—En media hora te quiero en la casa.

Dicho esto.

Cortó la llamada de inmediato, sin darle oportunidad a Abril de replicar.

Abril hizo un puchero. De haber sabido, mejor le mandaba el video hasta el día siguiente.

Regresó a la zona principal del antro.

Esmeralda estaba recostada de forma relajada en el sillón. Con la mirada brillante por el alcohol y un rostro impecable, derrochaba una sensualidad abrumadora.

Hasta ella, siendo mujer, sentía que era una imagen cautivadora.

Y con mayor razón todos los hombres que las rodeaban no dejaban de echarles miradas disimuladas.

Mejor no.

¡Era hora de irse!

Así que tuvo que decir la verdad.

—Esme se pasó de tragos y se empezó a marear en el coche, se sintió muy mal. Ahorita estamos en el hospital poniéndole suero. Ya se quedó dormida.

Gabriel no hizo ningún comentario al respecto, solo le ordenó:

—Quédense a descansar en la casa estos días, no anden de un lado a otro.

—Sí, ya sé, te juro que no volvemos a tomar.

Se hizo un silencio del otro lado de la línea.

Al colgar la llamada.

Abril se quedó un rato en la habitación y ayudó a cambiarla con la bata de paciente. Como tenía que regresar con las dos niñas que estaban solas en la casa, no pudo quedarse a velarla. Le encargó a las enfermeras que la vigilaran bien y dejó a los guardaespaldas custodiando la puerta.

Luego se regresó a la casa.

A la mañana siguiente.

Cuando Esmeralda abrió los ojos, sintió que la cabeza le daba vueltas. Lo primero que vio fue un techo blanco y un fuerte olor a desinfectante inundó su nariz.

Se quedó recostada un buen rato hasta que se le pasó un poco el malestar.

No fue sino hasta que entró una enfermera a tomarle la temperatura cuando recordó de golpe lo que había pasado la noche anterior. La enfermera la ayudó a ir al baño y, tras lavarse la cara, Esmeralda se sintió mucho más lúcida, aunque todavía le quedaba un leve dolor en el estómago.

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