Una semana después de su primera cita, la relación entre Valentina y Mateo continuó desarrollándose en el espacio seguro de sus interacciones laborales. Las largas noches de trabajo se convirtieron en su nueva normalidad, pero estaban llenas de una energía y una complicidad que hacían que las horas volaran. Sin embargo, ambos eran conscientes de la tensión romántica que vibraba bajo la superficie, una corriente subterránea que ninguno de los dos se atrevía a nombrar todavía, respetando el consejo tácito de ir despacio.
Fue Mateo quien, una vez más, encontró la manera de cruzar la línea entre lo profesional y lo personal de una forma que se sentía natural y respetuosa. Un viernes por la tarde, al final de una productiva reunión, la conversación derivó hacia los planes para el fin de semana.
—Necesito desesperadamente un descanso de las hojas de cálculo y los planes de negocio —dijo Mateo, estirando la espalda—. Necesito un poco de arte, de cultura. Algo que me recuerde que hay un mundo más allá de los algoritmos.
Valentina sonrió.
—Sé exactamente a lo que te refieres.
—De hecho —continuó él, su tono volviéndose casual, pero sus ojos fijos en ella—, hace meses que quiero ir a ver la nueva exposición en el Museo Botero, pero nunca encuentro el momento. ¿Te gustaría venir conmigo mañana? Como una… consulta cultural. Necesito la opinión de una experta en arte para que me explique por qué todas las figuras son tan… voluminosas.
La invitación era encantadora. Era una segunda cita, disfrazada de una excursión cultural. El pretexto era lo suficientemente profesional como para no sentirse presionante, pero la intención era claramente personal. Valentina, recordando el consejo de Sofía de tomarse las cosas con calma, sintió que este era el paso perfecto. Era una actividad diurna, en un lugar público, centrada en un interés compartido. Era seguro. Era inteligente. Y, sobre todo, le apetecía muchísimo.
—Me encantaría —respondió, y la alegría en su voz era genuina—. Pero te advierto que tengo opiniones muy firmes sobre la paloma de la paz de Botero.
Se encontraron al día siguiente frente al museo, en el corazón del barrio histórico de La Candelaria. El sol de la tarde bañaba las fachadas de colores y los tejados de teja de las casas coloniales, creando una atmósfera mágica. La torpeza de su primera cita había desaparecido por completo, reemplazada por una comodidad fácil y una anticipación feliz.
Mientras paseaban por las salas del museo, la conversación fluyó sin esfuerzo. Hablaron del arte, del uso audaz del color y el volumen de Botero, de la forma en que el artista lograba infundir humor y crítica social en sus obras. Descubrieron que compartían una sensibilidad estética similar, un amor por el arte que no era pretencioso, sino profundamente personal y emocional.
Se detuvieron frente a uno de los retratos de parejas de Botero. En él, un hombre y una mujer, ambos voluminosos y serenos, se sentaban juntos en un paisaje idílico.

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