Mientras caminaban por la Plaza de Bolívar, el sol de la tarde proyectaba largas sombras sobre las baldosas de piedra. La conversación seguía fluyendo, ligera y estimulante, pero las palabras de Mateo sobre volver a pintar habían despertado un eco en una habitación de la memoria de Valentina que ella había mantenido cerrada con llave durante años. La calidez que había sentido en el museo comenzó a ser infiltrada por una corriente de aire frío, un recuerdo específico que se abrió paso a través de las grietas de su nueva felicidad.
Sucedió unos dos años después de su boda. Ella, todavía llena de la pasión de sus días universitarios, había montado un pequeño estudio en una de las habitaciones de invitados de su primer apartamento. Había pasado semanas trabajando en un lienzo grande, un paisaje abstracto de los cerros de Bogotá, lleno de verdes intensos y azules melancólicos. Estaba increíblemente orgullosa de él. Una noche, Alejandro llegó a casa con uno de sus clientes más importantes, un industrial adinerado y de la vieja escuela. Valentina, emocionada, los llevó a ver su estudio, esperando quizás una palabra de aliento, un reconocimiento de su talento.
Alejandro se paró frente al lienzo, con una copa de whisky en la mano. No dijo nada durante un largo momento. Luego, se giró hacia su cliente con una sonrisa condescendiente.
—Mi esposa tiene sus pasatiempos —dijo, su tono era el de un adulto hablando de los dibujos de un niño—. La mantiene ocupada. Es importante que una mujer tenga algo que hacer para no aburrirse, ¿no cree?
La humillación había sido tan profunda, tan pública, que Valentina sintió como si le hubieran echado un cubo de agua helada encima. No fue solo el desprecio por su trabajo, sino la forma en que la había reducido a un estereotipo, a una mujer aburrida que necesitaba un "pasatiempo". Esa noche, después de que el cliente se fue, guardó el lienzo en un armario. Nunca más volvió a tocar un pincel.
El recuerdo, tan vívido y doloroso, la asaltó con una fuerza inesperada allí, en medio de la plaza soleada. De repente, la facilidad de su conexión con Mateo le pareció peligrosa. Él la elogiaba ahora, la animaba, pero ¿era real? ¿O era simplemente la fase de cortejo, las palabras bonitas que se dicen al principio? Alejandro también había sido encantador al principio. También había admirado su "pasión" y su "creatividad", hasta que esas mismas cualidades se convirtieron en una amenaza para su ego, en una distracción de su verdadero "trabajo" como esposa.
El miedo, un veneno familiar, comenzó a extenderse por sus venas. ¿Y si la historia estaba destinada a repetirse? ¿Y si, con el tiempo, Mateo también comenzaba a ver su pasión como un simple "pasatiempo bonito"? ¿Y si su admiración se convertía en condescendencia? La idea de volver a pasar por esa lenta y dolorosa erosión de su identidad era insoportable.
Su cuerpo reaccionó antes que su mente. Inconscientemente, dio un pequeño paso hacia un lado, creando una distancia física entre ella y Mateo. Su risa se apagó. Sus respuestas a sus preguntas se volvieron más cortas, más monosilábicas. Se retrajo, retirándose a la seguridad de su caparazón, la fortaleza que había construido durante años para protegerse de las heridas emocionales. El fantasma de su pasado acababa de proyectar una larga y oscura sombra sobre su presente, y Valentina, aterrorizada, temió que la historia estuviera condenada a repetirse. La mujer que había reído libremente en el restaurante y se había abierto en el parque había desaparecido, reemplazada por una versión más cautelosa, más asustada, la versión que Alejandro había creado.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Valiente Transformación de una Esposa Menospreciada