Después de su explosiva declaración, Don Ricardo despidió a la junta directiva con un gesto brusco, pero le ordenó a Alejandro que se quedara. La puerta de la sala de juntas se cerró, dejando a tío y sobrino solos en un silencio cargado de desprecio. Alejandro permaneció sentado, su mirada fija en la mesa pulida, incapaz de enfrentarse a los ojos de su tío. Se sentía como un niño de diez años que acaba de ser descubierto rompiendo el jarrón más caro de la casa.
Don Ricardo caminó lentamente hasta el otro extremo de la mesa y se sentó, creando una gran distancia entre ellos. Durante un largo minuto, simplemente lo observó, su expresión era una mezcla de decepción y una ira gélida.
—Mírame cuando te hablo, Alejandro —dijo finalmente, su voz era tranquila, pero esa tranquilidad era mucho más aterradora que sus gritos.
Alejandro levantó la vista a regañadientes. El hombre que tenía delante no era solo su tío; era el arquitecto de su vida, el hombre que le había dado todo y que, por lo tanto, tenía el poder de quitárselo todo.
—Has demostrado ser una decepción monumental —comenzó Don Ricardo, cada palabra era un golpe medido—. No solo como hombre de negocios, sino como hombre. Te di el control de esta empresa, el legado de mi hermano, tu padre, y lo has puesto en peligro por un capricho, por una falta de control que es francamente patética.
—Yo… intenté manejarlo, tío. Ella…
—¡Silencio! —lo cortó Don Ricardo, su voz era un látigo—. No me interesan tus excusas. Me interesan los resultados. Y tus resultados han sido un desastre. Primero, permitiste que te humillara en tu propio evento. Luego, perdiste una de nuestras cuentas más importantes frente a su ridícula empresita. Y finalmente, le entregaste una fortuna y un paquete de acciones que la convierten en un cáncer dentro de nuestra propia estructura. ¡Le has dado poder, idiota!
Se inclinó hacia adelante, sus ojos negros fijos en los de Alejandro.
—Has manejado el "asunto Valentina" con la sutileza de un elefante en una cristalería. Has usado la emoción, la rabia, el ego. Y ella, que es claramente más inteligente y más fría que tú, ha usado esas mismas emociones en tu contra. Te ha jugado como a un violín.
—¿Dejarlo así? ¿Eres estúpido o solo te lo haces? No, Alejandro. No lo dejamos así. Simplemente, te quito el control. Ahora, yo me encargo.
El cambio de poder fue absoluto y brutal. Don Ricardo no solo estaba tomando las riendas de la situación; estaba castrando a su sobrino, despojándolo de su autoridad en el asunto más personal y humillante de su vida.
—Tú te dedicarás a hacer tu trabajo, a intentar salvar la cara frente a los clientes que aún nos quedan —continuó Don Ricardo, su tono era el de un jefe dando órdenes a un subordinado—. Sonreirás, estrecharás manos y fingirás que todo está bajo control. Mientras tanto, yo me encargaré de solucionar el problema que tú creaste. De forma permanente.
Alejandro quedó reducido a un mero espectador, un peón en el juego de su tío. La guerra contra Valentina ya no sería la vendetta personal de un ex esposo herido. Se convertiría en la operación fría y calculada de un patriarca despiadado, un hombre que no tenía ninguna de las debilidades emocionales de Alejandro y que contaba con una red de poder e influencia que Valentina ni siquiera podía empezar a imaginar. El nuevo enemigo era más viejo, más sabio y infinitamente más peligroso.

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