Después de la llamada con Marisa, Valentina se quedó en su oficina durante casi una hora, en silencio, dejando que las palabras de su mentora se asentaran. "Una alianza estratégica no es una derrota, es ajedrez". La frase resonaba en su mente, reconfigurando su perspectiva. Su orgullo, que había confundido con fuerza, se reveló de repente como lo que realmente era: una forma de miedo. El miedo a depender de alguien de nuevo, el miedo a ser vulnerable. Pero Marisa tenía razón. Esto no era una cuestión de dependencia emocional; era una decisión de negocios estratégica.
Eran casi las dos de la mañana, pero sabía que Mateo, como ella, era un ave nocturna. Con una determinación renovada, cogió su teléfono. Estaba a punto de llamarlo cuando la puerta de cristal de su oficina se abrió suavemente.
Valentina levantó la vista de un salto, su corazón latiendo con fuerza por la sorpresa. Era Mateo. Estaba de pie en el umbral, todavía vestido con la ropa de trabajo, su rostro serio y sus ojos llenos de una preocupación que no intentaba ocultar. En una mano, llevaba una bolsa de papel de la que emanaba un delicioso olor a comida caliente.
—Sé que es tardísimo —dijo él en voz baja, como si no quisiera romper la quietud de la noche—. Y sé que probablemente me vas a colgar en la cara por aparecer así. Pero no podía dormir. Estuve pensando en nuestra conversación, en tu rechazo a mi oferta. Y me di cuenta de que lo planteé todo mal.
Entró en la oficina y dejó la bolsa sobre el escritorio. Sacó dos cajas de comida para llevar de un restaurante cercano y una botella de vino.
—No estoy aquí para discutir tu decisión —continuó, su tono era serio, casi formal—. Estoy aquí para hacerte una nueva oferta. Y quiero que la escuches no como la mujer valiente y orgullosa que eres, sino como la CEO inteligente que también eres.
Se sentó en la silla frente a su escritorio, creando una atmósfera de reunión de negocios improvisada en medio de la noche.
—Lo que te ofrecí por teléfono fue caridad. Fue el amigo preocupado ofreciéndole un salvavidas a la amiga en apuros. Y tenías toda la razón del mundo en rechazarlo. Fue condescendiente por mi parte, y lo siento.

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