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La Valiente Transformación de una Esposa Menospreciada romance Capítulo 199

La furia de Don Ricardo Vega era de una naturaleza completamente diferente a la desesperación autodestructiva de su sobrino. La suya no era una rabia caliente y explosiva; era un bloque de hielo, frío, denso y absolutamente letal. No veía la pérdida del Banco Nacional Andino como una humillación personal, sino como un movimiento hostil en el gran tablero de ajedrez del poder, un ataque directo a su familia y a su legado por parte del clan Castillo. Y en su mundo, un ataque así no se lamentaba; se respondía con una fuerza desproporcionada.

Convocó una reunión de emergencia en su despacho privado, un santuario de poder de la vieja escuela, con paneles de madera oscura, sillones de cuero y el olor a tabaco de puro y a dinero viejo. No convocó a la junta directiva completa. Solo a su círculo más íntimo: su abogado personal, un hombre tan viejo y despiadado como él; su jefe de seguridad, un ex coronel del ejército con una reputación de eficiencia brutal; y a su sobrino, Alejandro, a quien hizo esperar fuera de la oficina durante veinte minutos antes de permitirle entrar, un sutil pero claro recordatorio de su nuevo y disminuido estatus.

Cuando Alejandro finalmente entró, encontró a los tres hombres sentados en un silencio tenso. Don Ricardo no lo invitó a sentarse.

—Tu espiral de autocompasión es patética y aburrida —comenzó el patriarca, su voz era un susurro helado que cortaba el aire—. Mientras tú te ahogas en whisky, nuestros enemigos celebran y se fortalecen. Pero eso se acaba hoy.

Se puso de pie y comenzó a caminar por la habitación, sus manos entrelazadas a la espalda.

—He subestimado a esa mujer. He subestimado a los Castillo —admitió, y el simple hecho de que admitiera un error hizo que la atmósfera se volviera aún más peligrosa—. Pensé que esto era una simple pelea de divorcio, un problema de faldas. Me equivoqué. Esto es una guerra de clanes. Juana Castillo ha decidido respaldar a la enemiga de nuestra casa. Ha roto el pacto de no agresión que nuestras familias han mantenido durante medio siglo. Y eso, señores, es un error que le costará muy caro.

Se detuvo frente a su jefe de seguridad.

—Coronel, quiero que inicie una investigación completa sobre todas las empresas del Imperio Castillo. Sus contratos, sus licitaciones, sus socios. Busque debilidades. Busque irregularidades. No me importa lo pequeñas que sean. Quiero que encuentre la grieta en su armadura.

—Y tú —dijo, su voz era un siseo—. Vas a recomponerte. Vas a ir a un sastre, a un barbero y a rehabilitación si es necesario. Vas a volver a ser el CEO de esta empresa. Y vas a hacer exactamente lo que yo te diga. Tu única función a partir de ahora es ser mi cara pública, mi marioneta. ¿Entendido?

Alejandro, humillado pero también extrañamente aliviado de que alguien más tomara el control, simplemente asintió.

—La guerra contra Valentina Rojas y los Castillo no se librará en las páginas de las revistas de negocios —concluyó Don Ricardo, su voz ahora era un murmullo lleno de una promesa aterradora—. Se librará en las sombras. No vamos a intentar asfixiar su empresa. Vamos a demolerla. Vamos a destruir sus alianzas, a arruinar sus finanzas y a enterrar su reputación bajo una montaña de litigios y escándalos. La guerra, señores, apenas ha comenzado.

La furia del patriarca no era un arrebato emocional. Era el comienzo de una campaña fría, calculada y aterradora, una guerra total en la que no habría reglas ni prisioneros.

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