Isabella entró en el despacho de Alejandro, su corazón latiendo con una mezcla de miedo y una extraña y oscura excitación. La confrontación en la sala de juntas había sido un punto de no retorno. Sabía que había cruzado una línea, que había herido el ego de Alejandro de una manera irreparable. Pero también sabía que, al mencionar el apartamento y el fraude, había revelado que tenía un arma. Y eso la hacía peligrosa.
La conversación que siguió a puerta cerrada fue corta y brutal. No hubo más gritos. La rabia de Alejandro se había enfriado, convirtiéndose en un desprecio gélido.
—Has cometido el mayor error de tu vida, Isabella —le dijo, su voz era un susurro mortal—. Has demostrado ser desleal. Y en mi mundo, la deslealtad no se perdona.
—Y tú has demostrado ser un cobarde que sacrifica a sus aliados para salvarse a sí mismo —replicó ella, su voz temblaba, pero se negó a retroceder.
—Considera tu posición en esta empresa terminada —dijo él con una finalidad escalofriante—. Te daré una semana para que limpies tu escritorio y desaparezcas. Si intentas hacer algo, si intentas usar la información que crees que tienes, te destruiré. Usaré a mis abogados para enterrarte en demandas, y me aseguraré de que nunca más vuelvas a trabajar en esta ciudad. Te convertiré en una paria.
La amenaza era real, y ambos lo sabían. Pero mientras escuchaba sus palabras, una nueva y fría claridad se apoderó de la mente de Isabella. Se dio cuenta de que Alejandro la veía como un peón desechable, una pieza que podía ser sacrificada sin consecuencias. La estaba utilizando como chivo expiatorio para aplacar la ira de su tío y de la junta directiva. Y una vez que ya no fuera útil, se desharía de ella.

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