La humillación pública en la sala de juntas fue el catalizador que solidificó la paranoia de Alejandro, transformándola de una ansiedad difusa en una obsesión activa y peligrosa. La traición de Isabella, la única persona que él creía tener completamente bajo su control, la única aliada incondicional en su guerra contra Valentina, lo había dejado sintiéndose vulnerable y expuesto por todos los frentes. Las palabras de su tío, "Has demostrado ser débil", resonaban en su cabeza como un eco incesante, alimentando una necesidad desesperada de reafirmar su control, no a través del liderazgo, que ya se sentía incapaz de ejercer, sino a través de la vigilancia y el miedo. Si no podía inspirar lealtad, al menos se aseguraría de poder castigar la traición.
Esa misma tarde, convocó a su jefe de seguridad a su despacho. Era un hombre llamado Coronel Salgado, un ex agente del DAS de la vieja escuela, con un rostro impasible y una reputación de eficiencia silenciosa y una total falta de escrúpulos. Era el hombre al que los Vega llamaban cuando necesitaban que los problemas, o las personas, desaparecieran discretamente.
—Salgado, tenemos una fuga —dijo Alejandro, su voz era un gruñido bajo, intentando proyectar una autoridad que ya no sentía—. Información confidencial está saliendo de esta empresa. La debacle del Banco Nacional Andino no fue una coincidencia. Alguien de dentro nos traicionó.
Salgado lo escuchó en silencio, su expresión no cambió.
—Quiero que instale un software de monitoreo en los computadores de todos los empleados clave —ordenó Alejandro—. Directores de cuenta, creativos senior, asistentes de la junta directiva. Todos. Quiero saber cada correo que envían, cada archivo que descargan, cada página web que visitan. Lo enmarcaremos como una nueva medida de seguridad corporativa para prevenir "fugas de información confidencial a la competencia".
Salgado simplemente asintió.
—Y quiero que preste especial atención a un terminal —continuó Alejandro, y su voz se volvió un siseo venenoso—. El de Isabella Montenegro. Quiero un informe diario de su actividad. Cada clic. Cada palabra que teclea. Quiero saber si respira fuera de línea.
La paranoia de Alejandro se había convertido en su única estrategia. Pasaba las noches no durmiendo, sino en su despacho, con una botella de whisky a su lado, revisando los informes de vigilancia que Salgado le enviaba. Se convirtió en un voyeur de su propia empresa, buscando enemigos en las sombras, viendo traiciones en cada correo electrónico personal, en cada conversación de chat. La ironía era que, mientras buscaba desesperadamente al traidor que había filtrado la información a Valentina, ignoraba por completo que la verdadera amenaza, la que él mismo había creado con su crueldad y su negligencia, estaba sentada a pocos metros de su oficina, planeando su propia insurrección. Su obsesión con la deslealtad de los demás lo cegaba a la suya propia, acelerando la espiral descendente de su liderazgo y el declive de la empresa que se suponía que debía proteger.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Valiente Transformación de una Esposa Menospreciada