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La Valiente Transformación de una Esposa Menospreciada romance Capítulo 26

El viaje en taxi de regreso al penthouse en Rosales fue extrañamente tranquilo. La ciudad, vista a través de la ventanilla, parecía diferente. Valentina miraba las luces de los edificios, los faros de los otros coches, el vapor que salía de un puesto de arepas en la esquina, y por primera vez no se sentía como una espectadora distante observando todo desde su torre de marfil. Se sentía parte de ello, una mujer real en un taxi real, moviéndose por las venas de una ciudad real. Ya no se sentía sola; se sentía concentrada. La rabia y el dolor no habían desaparecido, seguían ahí, pero ya no eran una tormenta que la ahogaba. Se habían transformado en algo más útil, más frío: una estrategia.

Pagó al taxista y subió en el ascensor. Al llegar al apartamento, el silencio y la opulencia del lugar, que antes la intimidaban y la hacían sentir como una impostora, ahora le parecían simplemente vacíos. Entró en su cuarto y se quitó el vestido rojo con un cuidado casi ceremonial. Lo dobló, con la mancha de vino bien visible en el centro, y lo dejó sobre una silla. No lo tiraría. Sería un recordatorio, una reliquia del día en que la guerra había comenzado.

Se puso unos pantalones de pijama cómodos y una camiseta vieja, ropa que era suya, que no había sido elegida para impresionar a nadie. Luego, fue a la cocina, ignorando la barra de bar de Alejandro. Abrió la nevera y sacó una jarra de agua. Se sirvió un vaso, sus movimientos eran metódicos y tranquilos. Después, se sentó en el enorme sofá de diseño italiano en la sala de estar, el mismo lugar donde se había sentido tan pequeña e invisible solo unas horas antes. Pero ahora, el espacio parecía diferente. Era su casa, y por primera vez en mucho tiempo, se sintió como si tuviera el derecho de ocuparla, de reclamarla.

No encendió la televisión ni puso música. Simplemente se sentó en la penumbra, con la vista panorámica de una Bogotá que comenzaba a dormirse como único telón de fondo. Y esperó. Sabía que Alejandro llegaría tarde. Sabía que probablemente llegaría borracho. Y sabía, con absoluta certeza, que estaría furioso por su "desaparición", por su acto de insubordinación pública.

Esperó durante horas, viendo cómo las luces de la ciudad empezaban a apagarse una por una. La rabia, que antes era un fuego incontrolable, se había asentado en el fondo de su estómago como una brasa ardiente y constante, dándole una extraña sensación de calma y poder. Ya no era una víctima pasiva esperando el siguiente golpe. Era una estratega esperando el momento oportuno para mover su primera y decisiva pieza en el tablero de ajedrez. La noche era larga, pero ella tenía toda la paciencia del mundo. La guerra había sido declarada en silencio, y ella, por primera vez, estaba lista para el combate.

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