Fue casi a las tres de la mañana cuando el suave zumbido del ascensor privado, llegando directamente al vestíbulo del apartamento, rompió el silencio sepulcral. Las puertas de acero inoxidable se abrieron y Alejandro entró, o más bien, se tambaleó hacia adentro. El olor a whisky caro y al perfume dulzón y penetrante de Isabella lo precedieron, una combinación nauseabunda que contaminó el aire del penthouse.
Vio a Valentina sentada en el sofá, una silueta tranquila iluminada solo por el resplandor fantasmal de la ciudad nocturna, y se detuvo en seco. Su rostro, normalmente bronceado y compuesto, estaba enrojecido por el alcohol y contraído en una máscara de furia.
—¿Se puede saber qué carajos te pasa? —espetó, su voz era un gruñido pastoso y arrastrado, el encanto de CEO evaporado por completo—. ¿Desapareces en medio de la gala más importante del año? ¿Me dejas solo para que todo el mundo, incluidos los putos inversores de Nueva York, pregunte dónde está mi esposa?
Caminó con paso inseguro hacia su bar, su santuario personal. Se sirvió otro whisky, sus movimientos eran bruscos y descuidados, el hielo chocando contra el vaso de cristal con una violencia innecesaria.
—¿Sabes lo humillante que es eso para mí? ¿Tener que inventar excusas, decir que te sentiste mal? ¿Tratar de cerrar tratos multimillonarios mientras mi esposa decide hacer un berrinche de niña chiquita y largarse sin decir nada?
Valentina no se movió ni un centímetro. Lo observó en silencio, con una quietud que parecía absorber toda su rabia ruidosa. Dejó que él mismo se enredara en sus propias acusaciones, que revelara su verdadero ser. Su calma, su falta de reacción, parecía enfurecerlo aún más.
—¡Te estoy hablando, Valentina! —gritó, golpeando el vaso contra la barra de mármol. El sonido agudo resonó en el apartamento silencioso, un eco de su frustración—. ¿No tienes nada que decir? ¿Después de avergonzarme de esa manera?
Dejó el vaso y se acercó a ella, su figura alta proyectando una sombra amenazante que la cubrió por completo. Se inclinó, su rostro a centímetros del de ella. El olor a licor era abrumador, agrio.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Valiente Transformación de una Esposa Menospreciada