—No son celos, Alejandro. Es una cuestión de dignidad —replicó Valentina, y con un movimiento fluido y lleno de una nueva gracia, se levantó del sofá. Por primera vez en mucho tiempo, estaban cara a cara, al mismo nivel, sin que él la mirara desde arriba. La dinámica de poder en la habitación había cambiado irreversiblemente.
—¿Dignidad? —se burló él, la palabra sonando absurda en su boca—. ¿Qué sabes tú de dignidad? Vives en este apartamento que yo pagué, usas mi apellido, que te abrió todas las puertas, gastas el dinero que yo gano. Tu "dignidad", querida, la pago yo cada mes con mi tarjeta de crédito.
El insulto fue tan vil, tan calculado para herirla en lo más profundo, que Valentina sintió una punzada de dolor, un eco de la mujer que solía ser. Pero no dejó que se notara en su rostro. La nueva Valentina era inmune a ese tipo de veneno.
—Tu dinero puede comprar este apartamento, Alejandro. Y sí, me ha dado una vida cómoda. Pero no puede comprar mi silencio. No más.
Él la miró, su borrachera comenzando a ser reemplazada por una alarma genuina al ver la resolución inquebrantable en sus ojos. Esta no era la Valentina sumisa y complaciente que conocía. Esta era una extraña.
—¿Qué es esto? ¿Una amenaza? ¿Me estás amenazando? ¿Después de todo lo que he hecho por ti? Te saqué de una agencia de medio pelo donde nunca habrías pasado de ser una diseñadora más. Te di un nombre, te di un estatus, te di una vida que nunca habrías soñado tener.


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