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La Valiente Transformación de una Esposa Menospreciada romance Capítulo 29

La verdad que Valentina había lanzado al aire, cruda y sin adornos, pareció absorber todo el oxígeno de la habitación. El rostro de Alejandro pasó del rojo de la furia al pálido de la conmoción en cuestión de segundos. Su mandíbula se tensó hasta el punto de que Valentina pudo ver los músculos vibrar bajo su piel. Sus ojos, inyectados en sangre por el alcohol, se entrecerraron hasta convertirse en dos rendijas de puro veneno. Había tocado su fibra más sensible, la duda existencial que lo carcomía por dentro y que ocultaba bajo capas de arrogancia y trajes caros: la duda de ser un fraude que vivía a la sombra del legado de su padre y a costa del talento de su esposa.

Dio un paso adelante, recuperando el terreno perdido, su cuerpo vibrando con una furia que era mucho más peligrosa que la del alcohol. Era la furia de un rey cuyo derecho divino ha sido cuestionado. Por un instante, Valentina pensó que podría golpearla, que cruzaría esa última línea. Pero él se detuvo a un palmo de distancia, conteniéndose no por respeto, sino porque la violencia física era demasiado vulgar para él. Su crueldad era psicológica. Su voz, cuando finalmente habló, no fue un grito, sino un siseo bajo, controlado y cargado de un desprecio tan absoluto que era casi tangible.

—¿Sabes cuál es tu problema, Valentina? —siseó, su aliento fétido a whisky golpeándola en la cara—. Crees que eres indispensable. Crees que tu "talento" es tan importante, tan único.

Se inclinó aún más, invadiendo su espacio vital, su rostro contorsionado en una mueca de superioridad.

—Déjame decirte algo para que te quede bien claro. Tu talento no significa absolutamente nada sin mí para venderlo, para empaquetarlo, para ponerlo frente a la gente que importa. No eres más que una empleada glorificada. Una cara bonita con algunas ideas decentes a la que tuve la mala suerte de poner en el papel de esposa, pensando que sería un buen accesorio.

Valentina lo miró fijamente, sin retroceder ni un milímetro, absorbiendo cada palabra venenosa, dejándola caer en el pozo de su resolución. No le dolía. Al contrario, cada insulto era una confirmación. Sabía que este era el final. Este era el verdadero él, sin filtros, sin el encanto calculado para el público. Este era el hombre con el que se había casado.

Él, al ver que no lograba intimidarla, que sus palabras no la hacían llorar ni suplicar, perdió el último vestigio de control. Su voz se rompió, subiendo de volumen hasta convertirse en un alarido de frustración y rabia impotente. Soltó la frase que sellaría su destino. La frase que ella nunca olvidaría. La frase que se convertiría en el combustible inagotable de su nueva vida.

—¡Tu único trabajo es sonreír y hacerme quedar bien! —le gritó, la vena de su sien palpitando visiblemente—. ¡Deja tus celos estúpidos y sé una buena esposa!

Las palabras quedaron flotando en el aire, brutales, definitivas, eco de una mentalidad arcaica y déspota. Eran la suma de toda su arrogancia, de todo su desprecio, de su total incapacidad para verla como algo más que una posesión glorificada. Para él, ella no era una socia, ni una artista, ni siquiera una persona con sus propias ambiciones. Era un trabajo. Una función dentro de su gran esquema. Y a sus ojos, ella había fallado miserablemente en cumplirla.

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