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La Valiente Transformación de una Esposa Menospreciada romance Capítulo 52

Con el primer cajón del archivador abierto, Valentina sintió una oleada de triunfo que le dio el impulso para continuar. Se sumergió en el contenido con la precisión de un cirujano, sus dedos recorriendo las etiquetas de las carpetas colgantes. "Contratos Clientes A-G", "Informes Anuales 2020-2022", "Correspondencia Junta Directiva". Su búsqueda inicial, sin embargo, fue decepcionante y frustrante. El cajón estaba lleno de contratos antiguos, informes de rendimiento de campañas pasadas y correspondencia comercial completamente rutinaria. Todo estaba perfectamente organizado, clasificado por fecha y cliente, pero no había nada remotamente incriminatorio, nada que se saliera de la estricta y aburrida legalidad. Revisó el segundo y el tercer cajón con el mismo resultado desolador. Alejandro era meticuloso, casi paranoico en su organización. Era evidente que no dejaría pruebas de sus fechorías en un lugar tan obvio y análogo como un archivador físico. Era un hombre de la era digital, y sus secretos, si existían, estarían protegidos por capas de encriptación, no por una simple cerradura metálica.

La frustración comenzó a apoderarse de ella, una sensación fría que amenazaba con extinguir la llama de su adrenalina. Miró el reloj en la esquina de la pantalla del computador. El proceso de clonación del disco duro apenas iba por el veinte por ciento. No podía simplemente sentarse y esperar durante horas. Necesitaba ser proactiva, encontrar una puerta de entrada. La verdadera caja de Pandora, lo sabía con una certeza visceral, era la computadora que zumbaba silenciosamente frente a ella.

Se levantó, sus rodillas entumecidas por el tiempo que pasó en el suelo, y se acercó al escritorio. La silla de cuero de Alejandro, una pieza imponente de diseño italiano que parecía un trono, la esperaba. Por un momento, dudó. Sentarse en esa silla se sentía como el acto de profanación definitivo, una invasión a su centro de poder, a su identidad misma. Era el lugar desde el que él la había juzgado, minimizado y controlado durante años. Pero entonces, la imagen del rostro de Isabella, sonriendo triunfante en la gala, apareció en su mente, vívida y burlona. La duda se evaporó, reemplazada por una determinación helada y cortante.

Se sentó. El cuero, moldeado por el cuerpo de su esposo durante años, se sintió extrañamente cómodo, como si estuviera reclamando un poder que siempre le había pertenecido en parte. Desde esa perspectiva, la habitación se veía diferente. Más grande, más imponente. Entendió por qué a él le encantaba ese lugar. Era un nido de poder, un lugar desde el cual se podía mirar al resto del mundo desde arriba, sintiéndose intocable.

Colocó sus manos sobre el teclado de aluminio cepillado, sus dedos rozando las mismas teclas que él usaba para construir su imperio y, al mismo tiempo, para tejer las mentiras que la habían aprisionado. El corazón le latía con una fuerza desbocada, un tambor que marcaba el ritmo de su rebelión silenciosa. Ya no era una esposa herida buscando consuelo. Era una enemiga que había penetrado en el cuartel general del adversario. La pantalla del computador, con su simple y elegante petición de una contraseña, era la última puerta que la separaba de la verdad. Y estaba decidida a derribarla. Toda la información que necesitaba para ganar su libertad, para reclamar su vida, estaba allí, a solo unos clics de distancia, encerrada en ese universo digital de secretos.

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