Valentina sintió un escalofrío recorrerle la espalda, una mezcla de miedo y una extraña y oscura euforia. Lo que tenía ante sus ojos era mucho más grande, mucho más complejo y mucho más peligroso de lo que había anticipado. Las cuentas en paraísos fiscales eran una telaraña de transacciones internacionales que, por el momento, escapaban a su comprensión. Analizar ese entramado requeriría el ojo experto de Sofía y, probablemente, de un contador forense. Por ahora, decidió dejar a un lado las sociedades offshore, como un dragón dormido que no convenía despertar todavía, y se centró en su objetivo original, el que había iniciado toda esa cacería nocturna: el apartamento de Isabella. Si Alejandro era tan meticuloso y paranoico como para ocultar sus finanzas internacionales en una fortaleza digital, tenía que haber un rastro de la compra del apartamento en algún lugar de esos archivos. Un gasto de esa magnitud no podía simplemente evaporarse.
Comenzó a abrir las hojas de cálculo de la carpeta "Proyectos V", una por una. La mayoría eran proyecciones financieras complejas y presupuestos detallados para clientes reales. Pero una de ellas, en la carpeta del año en curso, tenía un nombre diferente, más vago y administrativo: "Gastos de Representación - Proyectos Especiales". Hizo clic.
La hoja de cálculo se abrió, revelando una lista detallada de gastos, cada uno con una fecha, un concepto, un proveedor y un monto. A primera vista, parecían gastos corporativos legítimos y, de hecho, bastante ostentosos: "Cena con inversores - Restaurante Criterión - $15,000,000 COP", "Alquiler de locación para sesión de fotos (fin de semana) - Villa de Leyva - $45,000,000 COP", "Consultoría estratégica - Fénix Advisors - $120,000,000 COP". Pero los montos eran consistentemente exorbitantes, mucho más altos de lo que cabría esperar incluso para una empresa del tamaño de Grupo Vega. Parecía una cuenta diseñada para justificar gastos inflados, una caja menor para los caprichos del rey.
Valentina empezó a desplazarse hacia abajo, sus ojos escaneando rápidamente la columna de los montos, buscando una cifra que fuera lo suficientemente grande como para corresponder a la cuota inicial de un apartamento de lujo en el barrio más caro de Bogotá. Y entonces, la vio.
Era una transferencia realizada hacía tres meses, el 24 de agosto. El beneficiario era una empresa de la que nunca había oído hablar: "Constructora e Inmobiliaria Horizonte S.A.S.". El concepto era deliberadamente vago: "Pago inicial por servicios de producción y locación - Proyecto Esmeralda". Pero fue el monto lo que hizo que a Valentina se le helara la sangre y se le secara la boca. Eran mil quinientos millones de pesos. Aproximadamente cuatrocientos mil dólares en un solo pago. Una suma demasiado grande para ser un gasto personal casual, incluso para Alejandro, pero perfectamente plausible como la cuota inicial de un apartamento de ultra lujo en La Cabrera.
El corazón le latía con una fuerza desbocada, un tambor sordo en sus oídos. Este tenía que ser el rastro. "Proyecto Esmeralda". El nombre sonaba exactamente como el tipo de apodo poético y pretencioso que Alejandro usaría para un regalo clandestino para su amante, asociando las esmeraldas, la joya de Colombia, con su "tesoro" personal. La constructora era la pieza clave. Si podía vincular a "Constructora Horizonte" con el nuevo y flamante edificio de Isabella, tendría la prueba que necesitaba.
Rápidamente, con una precisión que nacía de la pura adrenalina, tomó una captura de pantalla de la línea de la transacción en la hoja de cálculo, asegurándose de que la fecha y los nombres fueran claramente visibles. Luego, navegó hasta los estados de cuenta de la cuenta principal de Grupo Vega en Bancolombia. Buscó la fecha de la transacción y, después de unos segundos de búsqueda angustiosa, allí estaba: una transferencia saliente, registrada el 24 de agosto, por exactamente mil quinientos millones de pesos a la misma constructora. La prueba estaba ahí, en blanco y negro, en los registros contables oficiales de la empresa.
Ahora solo necesitaba conectar el último punto, el eslabón final de la cadena. Cerró los archivos de Alejandro con cuidado y abrió el navegador en su propio portátil, que había traído al estudio. El zumbido bajo y constante del dispositivo de clonación seguía de fondo, un recordatorio de su misión paralela. Con dedos que temblaban ligeramente de anticipación, tecleó "Constructora e Inmobiliaria Horizonte S.A.S." en la barra de búsqueda de Google. La caza estaba a punto de terminar.

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