El día antes de la gala, el Museo Nacional era un hervidero de actividad controlada. Decenas de técnicos, productores, diseñadores y voluntarios se movían con una eficiencia silenciosa, cada uno enfocado en su tarea. Los proyectores se calibraban, los sistemas de sonido se probaban y las instalaciones de cada década recibían sus toques finales. En medio de todo, Valentina se movía como una directora de orquesta en el ensayo general, supervisando cada detalle con una calma que parecía casi sobrenatural.
Al caer la tarde, el trabajo principal había terminado. El museo, transformado, esperaba en silencio a sus invitados. Valentina le pidió a su equipo que se fuera a casa, que descansaran, que se prepararan para la gran noche. "Mañana es el día del espectáculo", les dijo con una sonrisa de confianza. "Hoy, el trabajo está hecho".
Pero ella no se fue.
Cuando el último técnico cerró la puerta, dejando el museo sumido en una penumbra silenciosa, Valentina se quedó sola. Caminó lentamente por el recinto vacío, sus pasos resonando en el vasto espacio. El aire olía a pintura fresca, a madera nueva y a la historia contenida en las paredes de piedra del museo.
Comenzó su recorrido en el salón de los años 70. Las paredes estaban cubiertas con proyecciones en bucle de los primeros anuncios de la agencia, imágenes granuladas en blanco y negro llenas de una inocencia perdida. De fondo, sonaba suavemente la música de la época, un bolero melancólico. Se detuvo frente a una proyección gigante del rostro sonriente de una mujer, la primera recepcionista de la empresa, ahora una abuela de cabello blanco. La imagen era tan potente, tan llena de vida, que parecía que la mujer podía hablarle.

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