Mientras Valentina encontraba un momento de paz reflexiva en el museo, Isabella Montenegro estaba consumida por una tormenta de rabia y desesperación. Marginada del proyecto de la gala, reducida a una espectadora impotente del creciente éxito y popularidad de su rival, sentía que el poder y la influencia que tanto le había costado construir se le escapaban entre los dedos como arena. Cada elogio que escuchaba sobre la "visión de Valentina", cada murmullo de admiración hacia el concepto del evento, era una daga en su orgullo.
Estaba sentada en su lujoso apartamento nuevo, el "regalo" de Alejandro, pero el espacio, que antes le parecía un símbolo de su triunfo, ahora se sentía como una jaula dorada. Se dio cuenta de que, a pesar de tener al CEO en la palma de su mano, la verdadera reina en el tablero de ajedrez corporativo seguía siendo Valentina. El talento de su rival era un arma que ella, con toda su astucia y manipulación, no podía igualar.
Desesperada, sabiendo que la gala consolidaría a Valentina como una figura intocable, decidió que necesitaba un último y dramático acto de sabotaje. No podía ser algo sutil como un rumor o un "accidente" con una copa de vino. Tenía que ser algo grande, algo espectacular, algo que arruinara la noche de forma tan catastrófica que la culpa recayera inevitablemente sobre la persona a cargo: Valentina.
Pasó horas obsesionada, analizando el cronograma del evento que había conseguido a través de uno de sus pocos aliados que quedaban en el equipo. Buscaba una debilidad, un punto de fallo único que pudiera hacer que todo el castillo de naipes se derrumbara. Y entonces, lo encontró.
Sabía que el corazón emocional del evento, el clímax de la noche, era la presentación audiovisual inmersiva que Valentina había planeado: el cortometraje documental sobre los empleados. Ese era el momento que todos esperarían, el que definiría la gala. Si lograba destruir ese momento, destruiría toda la noche.
Su plan comenzó a tomar forma, una idea venenosa y brillante en su simplicidad. No atacaría el contenido del video; eso sería demasiado complicado y arriesgado. Atacaría la tecnología que lo hacía posible. Un fallo técnico. Un apagón total en el momento más importante. Sería visto como un error de producción, una falta de previsión, una negligencia imperdonable por parte de la organizadora principal. Sería la humillación perfecta. Valentina, la perfeccionista, fallando en el detalle técnico más básico.
La idea la llenó de una energía oscura y renovada. Se levantó y comenzó a pasearse por su sala de estar, su mente trabajando a toda velocidad. Necesitaba un cómplice, alguien con acceso a la sala de control técnico durante el evento. Recordó que la empresa audiovisual que Valentina había rechazado al principio, "Lumina Tech", había sido reemplazada por un equipo de estudiantes universitarios. Perfecto. Los estudiantes eran jóvenes, idealistas y, probablemente, mal pagados. Serían más fáciles de corromper.
Pero necesitaba un profesional dentro, alguien que supervisara a los estudiantes. Revisó la lista de personal técnico y encontró un nombre: Marco. Un técnico de iluminación y sonido freelance que a veces trabajaba para Grupo Vega, un hombre de mediana edad, divorciado y, como ella sabía por los chismes de la oficina, ahogado en deudas de juego. Era el peón perfecto.
Isabella cogió su teléfono, su rostro iluminado por la luz de la pantalla y una sonrisa cruel. El plan estaba en marcha. Si no podía ganar por talento, ganaría por destrucción. Iba a convertir la obra maestra de Valentina en su fracaso más espectacular y público.

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