Las manos de Alejandro temblaban tan violentamente que el papel de la demanda de divorcio susurraba contra el atril. Con un movimiento espasmódico, casi sin ser consciente de lo que hacía, apartó la primera página, como si al ocultarla pudiera hacerla desaparecer. Pero lo que encontró debajo fue infinitamente peor. La pesadilla no había hecho más que empezar.
El segundo golpe fue una serie de documentos financieros, copias nítidas y perfectamente organizadas. La primera hoja era una copia del estado de cuenta de la cuenta principal de Grupo Vega, con una línea resaltada en un amarillo fluorescente y brutal: la transferencia de mil quinientos millones de pesos a "Constructora e Inmobiliaria Horizonte S.A.S.". Su shock inicial se transformó instantáneamente en un pánico helado y visceral. Esto ya no era un drama personal sobre una infidelidad; era una catástrofe profesional y legal.
Con una creciente sensación de horror, pasó a la siguiente página. Era la hoja de cálculo que él mismo había creado, la de los "Gastos de Representación - Proyectos Especiales", con la misma línea resaltada, vinculando el pago al críptico "Proyecto Esmeralda". Su mente se aceleró, tratando desesperadamente de entender cómo había podido acceder a eso. ¿Cómo había entrado en su fortaleza digital?
Pero no hubo tiempo para pensar. La siguiente página era aún más devastadora: la propuesta completa de la "Campaña Fantasma", su brillante y fraudulenta coartada, impresa en su totalidad. Cada página era una prueba de su delito, desde el cliente ficticio hasta el presupuesto inflado que ocultaba la compra del apartamento.
El pánico se apoderó de sus ojos, dilatando sus pupilas. Le costaba respirar, el aire del salón de repente se sentía espeso y sofocante. Sentía el sudor frío perlado en su frente, bajando por sus sienes. Miró a la multitud y ya no vio rostros, solo un mar borroso de ojos que lo juzgaban, que lo condenaban. Los flashes de las cámaras eran como explosiones de estrellas blancas, cegadoras, implacables.
Con dedos entumecidos, pasó la última página de la sección financiera y se encontró con el golpe final, el más personal y humillante de todos. Eran copias impresas de los correos electrónicos que le había enviado a Isabella para planear su viaje a Cartagena. Las frases explícitas, las promesas íntimas, los detalles de la suite presidencial pagada con dinero de la empresa, todo estaba allí, expuesto bajo la dura luz del escenario.
El mundo de Alejandro se derrumbó. En el lapso de treinta segundos, había pasado de ser el rey de la noche al hombre más expuesto y vulnerable de la sala. Valentina no le había entregado simplemente los papeles del divorcio. Le había entregado una carpeta que contenía la aniquilación total de su vida: su matrimonio, su reputación, su carrera y, muy posiblemente, su libertad. Estaba completamente desnudo, despojado de todas sus mentiras, en el escenario más público que se pudiera imaginar. La trampa no era solo para él; era para todos los que habían sido cómplices de su engaño. Y él era el único que no la había visto venir.

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