Valentina se despertó con el sonido de un despertador que no era el suyo. Por un instante, la confusión la envolvió como una niebla espesa. El techo no era el alto y blanco de su habitación en el penthouse, sino uno bajo y anónimo, con una textura granulada que revelaba sus imperfecciones bajo la luz grisácea que se filtraba por la ventana. Estaba en una habitación de hotel. El recuerdo de la noche anterior cayó sobre ella no como un sueño borroso, sino con la claridad de un relámpago: el escenario, la carpeta, la caminata hacia la noche. La libertad.
Se sentó en la cama, las sábanas de algodón almidonado se sentían extrañas contra su piel. Una extraña dualidad se apoderó de ella. Por un lado, sentía una ligereza casi física, como si le hubieran quitado un peso de encima que ni siquiera sabía que llevaba. Era la ausencia de la presencia opresiva de Alejandro, la ausencia de la necesidad de actuar, de sonreír, de ser la "buena esposa". Podía respirar hondo, y el aire, aunque fuera el aire reciclado de un hotel, se sentía limpio y nuevo. Pero junto a esa ligereza, había una corriente subterránea de terror puro y absoluto. Estaba sola. Había detonado una bomba nuclear en el centro de su propia vida, y ahora se encontraba de pie en medio del cráter, sin un mapa, sin un plan, con el futuro extendiéndose ante ella como un vasto y aterrador lienzo en blanco. ¿Qué había hecho? ¿Tendría la fuerza para enfrentar las consecuencias?
Antes de que el pánico pudiera echar raíces, se obligó a moverse. La inacción era el enemigo. Se levantó, se duchó con una urgencia metódica y, mientras el agua caliente corría por su espalda, su mente comenzó a trabajar, canalizando el miedo en estrategia. Se vistió con la ropa que había comprado de camino al hotel la noche anterior —unos simples jeans y una camiseta negra—, un uniforme de anonimato que se sentía como una segunda piel. Luego, se sentó en el pequeño escritorio junto a la ventana y marcó el número de Sofía.
—Ya era hora de que llamaras —dijo Sofía a modo de saludo, su voz era un café cargado de cafeína, sin rastro de sueño—. He estado despierta desde las cinco, monitoreando las redes. Eres trending topic en Colombia. Felicitaciones, acabas de convertir tu divorcio en un evento nacional.
—No era la intención, Sofi —respondió Valentina, aunque una pequeña parte de ella no pudo evitar sentir una oscura satisfacción.
—A la mierda la intención, Vale. Lo que importa es el resultado. Y el resultado es que tienes la atención de todo el mundo. Ahora tenemos que usarla —el tono de Sofía se volvió puramente profesional, la amiga dando paso a la abogada—. Escúchame con atención, porque los próximos movimientos son cruciales. Primero: a las ocho en punto, mi asistente presentará la demanda de divorcio en los juzgados de familia. Con todas las pruebas que me enviaste. Queremos ser los primeros en golpear, controlar la narrativa desde el principio. Segundo: simultáneamente, presentaré una solicitud de medidas cautelares para congelar todas las cuentas bancarias y bienes conjuntos. No podrá mover un solo peso sin una orden judicial. Esto lo va a paralizar y a enfurecer, prepárate.

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