Alejandro se despertó con el sonido de un martillo neumático golpeando el interior de su cráneo. Abrió los ojos y la luz del sol que se colaba por el ventanal del penthouse lo apuñaló con una crueldad física. Le dolía todo: la cabeza, los músculos, el ego. Se sentó en el borde de la cama, la seda de las sábanas se sentía fría y resbaladiza contra su piel. Los recuerdos de la noche anterior llegaron a él en fragmentos confusos y humillantes: el apagón, el espectáculo de Valentina, la carpeta, el rostro furioso de su padre, los flashes de las cámaras…
Su primera reacción fue una oleada de rabia pura. ¿Cómo se había atrevido? ¿Cómo había osado humillarlo de esa manera, a él, a Alejandro Vega, en su propia fiesta? La audacia de su rebelión era inconcebible. Cogió su teléfono de la mesita de noche, sus dedos torpes por la resaca. Iba a llamarla. Iba a gritarle, a amenazarla, a ordenarle que volviera y se disculpara, a ponerla de nuevo en su lugar. Marcó su número. Sonó una, dos, tres veces, y luego saltó directamente al buzón de voz. Estaba apagado o lo había bloqueado.
Un nuevo sentimiento, uno que no conocía bien, comenzó a deslizarse bajo su rabia: la inquietud. Volvió a llamar. Mismo resultado. La sensación de que había perdido el control, que había comenzado la noche anterior, se intensificó. Ella nunca apagaba el teléfono. Siempre estaba disponible, siempre a su disposición.
Fue entonces cuando el recuerdo de la carpeta volvió a él con una claridad devastadora. No solo los papeles del divorcio. Los otros documentos. Los estados de cuenta. La campaña fantasma.
El pánico, frío y paralizante, lo golpeó con la fuerza de un golpe físico. Se levantó de la cama de un salto, ignorando el dolor punzante en su cabeza, y corrió, casi desnudo, hacia su despacho. Abrió la puerta de golpe. Todo parecía en orden. Su computador, sus archivadores. Se abalanzó sobre los archivadores, buscando la carpeta de la "Campaña Fantasma". No estaba. Buscó en su computador, en la carpeta "Proyectos V". La carpeta estaba allí, pero el archivo de la propuesta "Aeterna" había desaparecido. Lo había borrado. Pero sabía, con una certeza helada, que ella tenía copias.
Se sentó en su silla, el pánico dando paso a un terror abyecto. No se trataba de un divorcio. No se trataba de dinero. Se trataba de la cárcel. Se trataba de la destrucción total de todo lo que había construido, de todo lo que su familia representaba. Valentina no solo le había declarado la guerra; le había apuntado con un arma nuclear.

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