Melisa ayudó a Jimena a recostarse en la cama. Mientras acomodaba a la anciana, sus dedos rozaron la muñeca de Jimena y, por apenas unos segundos, Melisa le tomó el pulso. En ese instante, su ceño se frunció con preocupación.
Jimena no notó el cambio en la expresión de Melisa. Siguió sujetando la mano de su nieta y murmuró:
—Melisa…
Ese llamado logró sacar a Melisa de sus pensamientos. Como si supiera lo que su abuela estaba a punto de preguntar, respondió:
—No fui yo quien quiso que la familia Guevara terminara en bancarrota.
Jimena se quedó quieta un momento y luego soltó una sonrisa suave.
—Ay, tú siempre adivinando lo que tengo en la cabeza.
La anciana se recargó con cuidado sobre la almohada y, bajando la voz, dijo:
—No creas que estoy molesta contigo, solo que…
Melisa bajó la mirada y contestó:
—Abuela, sé muy bien lo que hago. Puedes estar tranquila, yo no permitiré que la familia Orozco se una con los Guevara. Aunque Fabricio no interviniera, igual no dejaría que la familia Guevara siguiera existiendo mucho tiempo.
Jimena se quedó en shock.
—¿Tú? —preguntó, sin poder ocultar su sorpresa.
¿Sería su imaginación? Por un instante, al escuchar a Melisa, sintió que su nieta proyectaba una autoridad que nunca antes había visto. No solo estaba segura de sus palabras, sino que además, parecía no necesitar la intervención de Fabricio para acabar con los Guevara.
Melisa guardó silencio antes de continuar:
—La familia Guevara no solo está metida en un asesinato, también hay asuntos turbios relacionados con negocios ilegales. Las pruebas ya son más que suficientes. Desde hace tiempo, las autoridades planean actuar contra ellos, pero sus conexiones alcanzan a mucha gente…
Melisa dejó la frase inconclusa.
Aun así, Jimena palideció, sentándose de golpe en la cama.
—¿Estás diciendo que tu hermano…?

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