Bruno abrió la puerta de su cuarto, echó un vistazo rápido a su alrededor y, después de asegurarse de que no había nadie observando, la cerró con sigilo. Caminó directo al cuarto de Isidora.
Adentro, Isidora platicaba con Florencia cuando Bruno entró de golpe, los nervios a flor de piel.
—Mamá, ¿qué vamos a hacer? Melisa va en serio. Esa tipa me quiere destruir.
Bruno no podía ocultar lo alterado que estaba. Desde que Melisa había soltado eso de que él sería el primero en pagar, sentía un miedo extraño que le cortaba la respiración.
En teoría, él no tendría por qué temerle a Melisa.
Pero, por alguna razón, cuando se topaba con la mirada de Melisa, sentía que no tenía escapatoria.
Y además, no entendía. Era su hermana. ¿Por qué ella querría verlo caer?
¿Qué ganaba Melisa acabando con él?
Isidora frunció el ceño, visiblemente molesta.
—¿Por qué haces tanto escándalo? Solo fue una amenaza para asustarte. ¿Para qué te alteras? Si Melisa busca venganza, será por cómo la traté de niña, eso no tiene nada que ver contigo.
Su voz sonaba tan calma que parecía que ni le interesaba el tema.
—Y además, ¿con qué recursos podría vengarse? Fuera de sus arranques, ¿qué más puede hacer?
Bruno la interrumpió, casi gritando.
—Pero tiene a Fabricio y a la maestra Carolina de su lado. Solo con esos dos ya podría arruinarme.
Isidora lo miró fijamente, con gesto severo.
—Hoy andas muy raro, Bruno. Dime la verdad, ¿hiciste algo a mis espaldas?
Bruno desvió la mirada, incómodo.
—No, nada de eso. Lo único que pasa es que me preocupa que ese loco de Fabricio me quiera hacer algo. Ahora mismo no tengo cómo defenderme de él.
Florencia se levantó y, mientras servía una copa de vino tinto para Bruno, se metió en la conversación.
—Hermano, si no puedes enfrentarlos, mejor quédate quieto por ahora.
Bruno tomó la copa, miró a Florencia y preguntó:
—¿A qué te refieres?
Florencia sonrió de lado.

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