Melisa se veía muy preocupada.
—Logramos salvarle la vida, pero si no descubrimos de dónde proviene el veneno, de nada servirá —dijo con voz tensa.
Las Puntadas de la Santa Muerte solo podían arrebatarle una vida a la Parca misma, pero el veneno seguía corriendo por las venas de la abuela. Era urgente encontrar la forma de eliminarlo.
—La abuela tiene buena estrella, va a salir de esta, ya verás —aventó Fabricio, apretando los puños con impotencia. Odiaba no saber nada de medicina y no poder ayudar a Melisa.
Ella bajó la mirada, se mordió el labio y no contestó.
En ese momento, alguien llamó a la puerta.
—Señor Fabricio, soy yo —se oyó la voz tras la madera.
Fabricio se levantó y fue a abrir. Una comitiva entró en fila al cuarto, encabezados por un hombre alto que se dirigió directamente a ellos.
—Señor Fabricio, señorita Melisa.
Melisa lo reconoció al instante, al igual que a los que venían detrás.
—¿Vicente? —preguntó, sorprendida.
Vicente asintió.
—En cuanto recibí la llamada del señor Fabricio, vine lo más rápido que pude. Estos son los mejores médicos tradicionales del instituto, vinieron a ayudar con la enfermedad. Además, ya controlamos a todos los que acompañaron a su abuela en el picnic. Mi gente los está interrogando y pronto tendremos respuestas.
Melisa miró de reojo a Fabricio. Vicente era el hombre de mayor confianza de Fabricio, y hasta hace poco estaba fuera del país por un encargo. Se suponía que no volvería hasta fin de año, así que su regreso significaba que Fabricio había dejado todo de lado por esta emergencia.
Tomando aire, Melisa le habló con seriedad.
—Gracias.
Fabricio soltó un suspiro.
—Me da vergüenza que me lo agradezcas. Fuera de esto, no puedo hacer nada más.

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