Cuando él se marchó, Melisa se giró hacia el señor Fernando y los demás, y les dijo:
—Por favor, a partir de ahora cuiden a mi abuela. No toquen las agujas de plata que tiene en el cuerpo, esperen a que logre encontrar el antídoto.
—De acuerdo.
El señor Fernando asintió, pero luego dudó un poco antes de preguntar:
—Señorita Melisa, si logra encontrar el antídoto, ¿nos podría compartir la receta?
Melisa asintió con la cabeza.
—Claro.
Con la respuesta de Melisa, el señor Fernando y los demás salieron de la habitación.
Melisa no perdió el tiempo. Se sentó de inmediato a investigar la cura.
Antes, como no había descubierto el origen del veneno, no se atrevía a actuar sin cuidado. Pero ahora que ya lo había identificado, todo le resultaba mucho más sencillo.
En realidad, ese tipo de veneno, para ella, no era gran cosa. Pero como se trataba de su abuelita, cada paso lo dio con precisión y un rigor absoluto.
Melisa se concentró tanto en su trabajo que ni notó cómo los médicos más experimentados, que se habían quedado en el laboratorio, se acercaban para observarla de cerca.
Mientras más miraban, más sorprendidos quedaban.
Pasaron dos horas.
Por fin, Melisa se puso de pie con el antídoto terminado en la mano y salió del cuarto.
Apenas se fue, los médicos del laboratorio se miraron entre sí, incrédulos.
—¿Ya terminó la investigación? —preguntó uno.
—Esta chava está en otro nivel. Yo ni siquiera había escuchado de este veneno. Y ella, desde que supo de dónde venía, se tardó solo dos horas en sacar el remedio, y ni siquiera dudó ni un segundo.
—Exacto. Si hubiera sido yo, seguro me hubiera llevado una semana y varias pausas para buscar información.
—Aparte, se ve tan joven. Pero lo que sabe... Y por cómo la trata el señor Fernando, seguro es protegida de algún pez gordo.
—A mí qué me importa de quién sea aprendiz. Alguien tan capaz debería venir a darnos una charla al hospital. Eso sí que valdría la pena.
Apenas dijo esto, los demás sacaron sus teléfonos para llamar a sus hospitales y dar la noticia.

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