Planta baja.
Melisa estaba sentada en el sofá, y justo frente a ella, Ramón se encontraba arrodillado, con todo el cuerpo temblando como una hoja.
—Señorita, de verdad no sé qué pasó. Ese día la abuela pidió el carro y ya no había otro en la casa, solo quedaba el de don Gabriel. Cuando él no lo usa, siempre deja las llaves aquí, así que por eso lo tomé yo.
—Estos días pedí permiso porque mi madre está enferma, he estado en el hospital cuidándola. No tengo idea de por qué la abuela se intoxicó, ¡no sé nada! —El doctor Esquivel estaba empapado en sudor.
Melisa se frotó las sienes. Desde que a su abuela le quitaron el veneno, esa energía oscura que la rodeaba se había disipado, y ella volvió a mostrar ese aire relajado y perezoso de siempre.
Recostada en el sofá, con las piernas cruzadas, soltó con voz pausada y casi aburrida:
—Vicente, él no sabe cómo hablar. Enséñale.
—Entendido —respondió Vicente, y antes de que nadie pudiera reaccionar, sacó una pequeña navaja del bolsillo y la hundió en el muslo de Ramón.
—¡Aaaah!
—¡Aaaah!
En la sala resonaron dos gritos agudos.
Uno fue de Ramón.
El otro, de algún miembro de la familia Orozco que estaba temblando parado a un costado. Nadie supo quién fue el que gritó.
Melisa ni se inmutó, ni siquiera levantó la vista.
La cara de Vicente seguía tan impasible como siempre. Giró la navaja dentro de la pierna de Ramón y la hundió todavía más.
—¿Ya aprendiste a hablar?
Ramón sudaba a chorros del dolor, con la cara completamente pálida, apretando los dientes.
—Yo... de verdad no sé... ¡aaaah!
Apenas terminó de hablar, Vicente sacó la navaja a toda velocidad y la clavó en la otra pierna.
—Esto es solo para abrir boca. Si sigues sin saber cómo hablar, la próxima no va a ser tan leve.
Ramón temblaba de dolor, mordiéndose los labios y sin atreverse a decir nada.
Vicente soltó una risa desdeñosa y sacó un pequeño frasco de cerámica de su bolsillo, vertiendo el polvo que había dentro sobre la herida de Ramón.

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