—Además, yo de verdad no sabía cuál adorno tenía veneno. Pensé que solo era un adorno común y corriente —Ramón ya se sentía tan arrepentido que quería darse de golpes.
La familia Orozco siempre los trató muy bien.
La abuela era una señora amable, nunca los maltrataba.
Cada vez que había alguna celebración, la abuela les daba a los empleados de la casa y al chofer un regalo en efectivo.
Él sí sabía agradecer.
Si no fuera porque su vida estaba en riesgo, jamás habría hecho algo así.
Pero lo amenazaron usando a su familia, y no le quedó de otra que aceptar.
...
Melisa guardó silencio un buen rato, sin decir palabra.
Al poco tiempo, levantó la mano y le indicó a Vicente que se llevara a Ramón.
Luego, Melisa se volvió hacia Gabriel.
—Gabriel, ¿puedes subir por mi computadora? —le pidió.
Gabriel asintió y subió corriendo.
No tardó nada en bajar con la laptop en brazos.
Melisa la tomó y enseguida sus dedos volaron sobre el teclado.
Gabriel se quedó boquiabierto.
—¡No inventes!
La velocidad de Melisa era de locos.
Él se dedicaba a programar, y siempre pensó que tenía muy buenas habilidades con la computadora.
Pero al ver a Melisa, se sintió como un novato.
Gabriel levantó la mirada y observó el rostro concentrado de Melisa mientras tecleaba. ¿Qué había pasado con ella todos estos años?
¿Cómo es que sabe hacer de todo?
Melisa siguió trabajando unos minutos más y luego se detuvo.
Gabriel se asomó curioso.
—¿No se puede ver quién es? —preguntó.

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