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La Verdadera Heredera que Regresó del Infierno romance Capítulo 136

Melisa pasó dos días enteros sin dormir, así que cuando por fin se dejó caer en la cama, durmió más de doce horas seguidas.

Cuando despertó, la segunda y tercera rama de la familia Orozco ya se habían marchado de la casa. La tía mayor y su hija seguían encerradas en su cuarto y no daban señales de querer salir.

Tal vez porque Melisa había sido demasiado dura con Ramón, en la casa principal, tanto los dueños como los empleados la evitaban a toda costa. Nadie se atrevía a dirigirle la palabra.

En cuanto Melisa bajó las escaleras, las empleadas que estaban desocupadas se pusieron de pie con rapidez, y aunque no tuvieran nada que hacer, se ponían a buscar cualquier pretexto para ocupar sus manos.

—Señorita Melisa, le pedí a Catalina que preparara avena, ¿quiere un poco? —Néstor, a diferencia de los demás, no le tenía miedo a Melisa. Al contrario, se sentía orgulloso de ella.

La abuela había criado a tres hijos y dos hijas, y ni hablar de los nietos, que juntos podían llenar toda una mesa. Pero justo cuando la abuela estuvo entre la vida y la muerte, solo Melisa se atrevió a salir en su defensa y exigir justicia por ella.

Melisa siempre había sido una persona distante, pero tenía el mismo temperamento que la abuela: quien las trataba bien, recibía el doble de cariño a cambio.

Ellas dos, cada una a su manera, se protegían mutuamente. Era algo que Néstor valoraba mucho.

La mayoría decía que la señorita Melisa solo tenía peso en la familia por el apoyo de Fabricio, pero después de todo lo que había pasado, él estaba convencido de que Melisa era más que capaz por sí misma. De no ser así, jamás habría descubierto tan rápido el envenenamiento de la abuela y mucho menos habría encontrado la cura.

Aunque al final no lograron descubrir quién fue el responsable, Melisa dijo que no hacía falta seguir investigando. Néstor confiaba en que ella ya tenía sus sospechas.

—Gracias, Néstor, qué detalle el tuyo —asintió Melisa.

Después de dos días sin dormir ni comer, un poco de avena le caía perfecto.

Néstor enseguida le pidió a Catalina que trajera la avena y, con una sonrisa, añadió:

—Señorita Melisa, no tiene que agradecerme nada, es lo menos que puedo hacer.

Luego, haciendo una pausa, le informó:

—Por cierto, la abuela ya puede comer, y con el señor Fernando y los demás cuidándola, se está recuperando bien. Me pidió que le dijera que usted ha estado demasiado cansada estos días, que no se preocupe tanto por ella y que descanse primero.

—Ya descansé —dijo Melisa, tomando el cuenco de avena que le trajo Catalina. Le dio las gracias y agregó—: En un rato voy a subir a verla.

—Muy bien —respondió Néstor.

No intentó disuadirla. En el tiempo que llevaba conviviendo con Melisa, había notado que era de esas personas que, una vez que tomaban una decisión, no daban marcha atrás. Nadie podía hacerla cambiar de opinión. Quizá solo la abuela tenía ese poder sobre ella.

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