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La Verdadera Heredera que Regresó del Infierno romance Capítulo 137

Aquellas técnicas se habían perdido desde hacía mucho tiempo. Los pocos veteranos como ellos solo iban al instituto para investigar esos métodos complejos de acupuntura.

Jamás imaginaron que Melisa se las daría gratis.

Los tres, encabezados por el señor Fernando, dijeron:

—Al principio queríamos rechazarlo, pero estas cosas son demasiado importantes para nosotros. La verdad, no tuve el valor de decir que no. Señorita Melisa, se lo dejo claro, si algún día me necesita, solo dígamelo. Si está en mis manos ayudarla, lo haré sin pensarlo.

Melisa asintió.

—Perfecto. En estos días la familia Orozco tiene muchos asuntos, así que no los retendré más. Cuando vaya a Monarca Nova, los visitaré de nuevo.

—Aquí estaremos esperándola —respondieron.

...

Cuando el señor Fernando y sus compañeros salieron de la mansión Orozco, se quedaron mirando los papeles en sus manos, sin decir nada durante un buen rato.

Al final, fue el señor Esteban quien rompió el silencio.

—Valió la pena venir —comentó.

—Así es. Lo que Salvador Verde nos dio es demasiado valioso, mucho más que los quinientos millones de pesos de Fabricio —añadió el señor Fernando.

El señor Andrés miró de reojo hacia la dirección de la familia Orozco.

—Yo pensaba que Salvador Verde era como decían las leyendas: orgulloso, arrogante, que no le importaba nadie. Y miren, en realidad es todo lo contrario. Habla con respeto, es educado. Si te soy sincero, ninguno de nosotros le llega a los talones.

—¿Quién lo diría? —suspiró Esteban—. Yo, por tener algo de experiencia, a veces me creo mucho y ando con la cabeza en las nubes. Me queda claro que debo aprenderle a Salvador Verde, hacer las cosas en silencio, sin presumir.

...

En otro lugar.

Barrio popular, la pequeña casa de Giselle.

Cuando Fabricio llegó, encontró a Everardo rodeado de un grupo de hombres vestidos de negro.

Todos ellos llevaban armas en la mano.

El semblante de Fabricio se endureció. De inmediato, unas agujas plateadas resbalaron entre sus dedos. Con un movimiento ágil, las lanzó a toda velocidad.

Sin perder tiempo, se lanzó directo hacia el grupo.

Al ver a Fabricio, Everardo se alarmó.

—¡Vete, rápido! ¡Tienen armas!

Fabricio ni lo peló. Su figura se desplazaba como una sombra entre los atacantes. Antes de que pudieran reaccionar, ya los había dejado fuera de combate.

Pero decir que los tumbó sería quedarse corto; en realidad, los hombres de negro cayeron inconscientes tras inhalar el polvo que Fabricio había esparcido.

En un abrir y cerrar de ojos, todos quedaron tirados en el suelo.

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