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La Verdadera Heredera que Regresó del Infierno romance Capítulo 138

—Fabricio, ¿cómo estás?

Everardo arrastró a Fabricio hasta dentro de la habitación, temblando de pies a cabeza. Todavía no podía creer que Fabricio lo hubiera salvado.

Si no fuera por él, esa bala le habría atravesado el corazón. Fue gracias a la reacción rápida de Fabricio que la bala solo le alcanzó el brazo. Aunque parecía una herida menor, en apenas unos segundos, los labios de Fabricio se tornaron morados y su cara palideció de golpe.

Eso solo podía significar una cosa: envenenamiento.

Estaba en serios problemas. Aunque Melisa y Fabricio ya no estaban juntos, él seguía siendo la persona más importante para Melisa. Si algo le pasaba a Fabricio, ni quería imaginar cómo reaccionaría la jefa.

Fabricio sentía como si miles de insectos lo mordieran por dentro. Su mente se nublaba cada vez más. Con esfuerzo, tomó a Everardo del hombro y le entregó la medicina que había traído desde el sótano.

—Escóndela y busca una oportunidad para escapar.

Nunca había sido ningún santo. Pero Everardo era de los suyos, era gente de Melisa. Y todo lo relacionado con Melisa, él lo protegía con todo lo que tenía.

Apenas terminó de hablar, Fabricio se desmayó.

—¡Fabricio, no te duermas! —Everardo se desesperó. Intentó mantenerlo despierto, pero no importaba cuánto gritara, Fabricio ya no respondía.

Tenía que llevarlo con Melisa cuanto antes. Solo la jefa podía salvarlo.

Pero en ese momento...

Everardo se incorporó y se pegó a la pared junto a la puerta, alerta. Acababa de escuchar varios pasos acercándose, muchos más de los que esperaba. El corazón le latía con fuerza en el pecho.

Esos tipos iban armados, y las balas estaban envenenadas. No solo sería incapaz de proteger a Fabricio, probablemente él también acabaría muerto.

Miró a Fabricio, luego al frasco de medicina en su mano. Esos sujetos venían por la medicina. Si la entregaba, tal vez se irían. A él no le importaba morir, pero Fabricio no podía caer.

Pensó un instante y, tomando a Fabricio en brazos, lo escondió en el sótano, junto con la medicina. Luego, marcó el número de Melisa.

—Jefa, ayu...

No alcanzó a terminar la frase. De pronto, la puerta fue pateada violentamente y Everardo guardó el celular de inmediato. En la entrada, diez hombres vestidos de negro y armados hasta los dientes lo miraban fijamente.

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