Estas personas actuaban como si hubieran nacido para obedecer. Nadie se atrevió a cuestionar la orden de su líder, y pronto todos salieron del cuarto, dejando el ambiente cargado de tensión.
Dentro de la habitación solo quedaban Everardo y el jefe del grupo.
—Apúrate y trae lo que pedí, o te mato aquí mismo.
—Ya voy, tranquilo —respondió Everardo, fingiendo sumisión.
Everardo se dio la vuelta. La sonrisa que había mantenido hasta entonces desapareció, cediendo paso a una expresión seria y calculadora.
Avanzó despacio, midiendo cada paso. Cuando estuvo cerca de la puerta donde se encontraba Giselle, giró el cuerpo con destreza, esquivando el cañón de la pistola que le apuntaba a la cabeza. En un movimiento veloz, arrojó un polvo por el aire.
El líder apenas alcanzó a reaccionar y apretó el gatillo, pero justo en ese instante, cayó al piso sin un solo quejido, como si le hubieran cortado los hilos.
Everardo, sin perder tiempo, le quitó el arma y le disparó en la pierna para asegurarse de que no se levantaría pronto. Luego, de un salto, cruzó la ventana y se lanzó a la fuga.
Afuera, una turba de hombres armados irrumpió en el cuarto. Al ver la escena, sus caras se crisparon de furia y miedo. Uno de ellos gritó:
—La mitad, vengan conmigo a buscar la medicina; el resto, salgan tras él. No se distraigan, ¡que lo importante no se pierda!
...
Mientras tanto.
Melisa recibió la llamada de Everardo cuando ya iba en camino.
Después de que don Fernando y los demás se marcharan, Melisa no perdió el tiempo y salió directo hacia la casa de Giselle.
Giselle jamás le había hablado con tanta seriedad sobre algo. La medicina era vital para ella.
Tenía que conseguirla a toda costa.
Sin embargo, Fabricio había ido a ver a Giselle hacía ya más de diez horas y no había dado señales de vida. Esa ausencia le provocaba un presentimiento oscuro, como una nube que se negaba a disiparse.
La familia Orozco solo necesitaba hora y media en carro para llegar al pequeño terreno de Giselle, así que no había razón para que estuvieran tanto tiempo sin noticias.
Aceleró la moto al máximo.
A cinco kilómetros del destino, Melisa apenas entraba en el tramo final del camino cuando divisó a Everardo. Venía huyendo, con la ropa rasgada y la sangre manchando su brazo. Detrás de él, varios sujetos vestidos de negro le pisaban los talones.
Melisa entrecerró los ojos y, en un giro brusco, frenó la moto justo frente a él.

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