El cuerpo de Fabricio se quedó rígido.
¡De repente!
Tomó la mano de Melisa y la jaló al escenario junto a él.
—Empecemos.
Todos quedaron anonadados.
—¿¿¿Qué está pasando aquí???
¿Este tipo qué pretende?
Al ver que nadie reaccionaba, Fabricio frunció el ceño con impaciencia y su voz sonó cortante:
—¿No es mi fiesta de compromiso? ¿A qué esperan, por qué se quedan viendo como si nada?
Clarisa solo pudo mascullar para sí:
—Vaya, esto sí que no me lo esperaba.
Nunca había visto a su nieto, quien siempre se creía el centro del mundo, rebajarse así de esa manera.
Los padres de la familia Pacheco se miraron entre sí, resignados.
—Tal como pensaba, el yerno lo tiene que escoger uno mismo…
Mira nada más la cara de urgido que trae.
Jimena, la abuela de Melisa, suspiró y pensó:
—¿Acaso crees que mi nieta es cualquier cosa que te puedes llevar así como así?
La tensión en el aire era tan espesa que se podía cortar con cuchillo. Todos los presentes giraron la mirada hacia Florencia.
Florencia, sintiendo el peso de todas las miradas, deseó que la tierra la tragara. No solo su prometido quería romper el compromiso, sino que, encima, en su propia fiesta, pretendía comprometerse con otra chica. ¿Acaso la consideraba invisible?
Con lágrimas en los ojos, Florencia apretó la mano de Isidora y, llorando, le dijo:
—Mamá, si el señor Fabricio se casa con Melisa, ¿qué va a ser de mí? Tú sabes que desde niña me gusta… Yo sé que tomé el lugar de mi hermana todos estos años y le debo mucho, pero el señor Fabricio es la persona que más quiero…
Ver así a su hija le partió el alma a Isidora. Le limpió las lágrimas y la acarició con ternura.



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